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Colas en crematorios

España ha sido, y está siendo, un magnífico ejército para haber tenido un buen capitán

Hace ya semanas que dejé de salir al balcón a aplaudir. Me llegó a parecer un gesto, por momentos, ciertamente infantil, incitado interesadamente por algunos a través de determinadas emisoras de televisión. Aquí está todo hilado para tejer lo que convenga a alguien. Yo prefiero, yo quiero, yo necesito -porque es más humano- llorar agradecido a los muchos muertos que nos dieron tanto, esos que se han producido en esta crisis que, además de haber sido causada por el llamado coronavirus, ha sido amplificado su efecto por la indecisión, ineficacia y hasta torpeza de ese "mando único" que ha funcionado, en todos los sentidos, tarde, mal y a veces nunca.

España ha sido y está siendo un magnífico ejército para haber tenido un buen capitán. Lástima, se repite, una vez más, la historia del poder ocupado -legítimamente, quede bien claro- por los que no son capaces de desempeñarlo. En democracia los votos son los que pesan. Y del peso resultante salen aquellos que tienen que saber dirigirnos en momentos de paz, en esos en que las administraciones funcionan casi automáticamente y casi sin necesidad de dirección política, pero, sobre todo, en momentos de desasosiego, de temor y hasta de miedo y muerte, como sucede ahora, por la evidente inseguridad en la que estamos, encontrándonos dirigidos -que no bajo el amparo- de un gobierno absolutamente legítimo, dicho sea -otra vez- con la mayor contundencia, pero al mismo tiempo absolutamente incapaz de llevarnos a todos por un camino en el que los "daños colaterales", aunque hayan de ser inevitables por la presencia de la enfermedad, sean lo más reducidos, lo más minimizados, dentro de lo posible.

Que se trate de un Gobierno legítimo, desde todo punto de vista, no aminora su evidente incapacidad, sobradamente demostrada en estos días, pues la legitimidad no comporta -ya lo vemos- capacidad, destreza y pericia a la hora de liderar las soluciones en situaciones desesperantes, como las que estamos viviendo, en que el número de fallecidos reales, muertos verdaderos, provocan colas -discretas- de decenas de millares de ataúdes en los crematorios de toda España, aunque no se vean en la televisión, tantos como unidades mortuorias se han fabricado a toda máquina, en el desastroso y escandaloso -aunque oficialmente silenciado- número diferencial con la media de los que fallecen, durante estas mismas semanas, en los últimos cinco años. Ha sido atroz.

Y no quiero enumerar un listado de decisiones desastrosamente equivocadas. Pero sí tengo claro que, cuando acuda de nuevo a elecciones, votaré a candidatos con un currículo que les avale en gestión, en capacidad y en solvencia. ¡Ya está bien de niñatos con títulos emborronados de dudas académicas y sin bagaje alguno de buena gestión! ¿O no?

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