El duende del Realejo

Comedianta en Madrid

María Jesús Montero a veces parece que, hablando, interpreta en Madrid una comedia de los Álvarez Quintero

Las comedias de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, al tiempo de ser llevadas a escena; cuando esos autores estaban de moda en el siglo XX, adquirían una especial fuerza cómica si, los actores que las representaban, adoptaban esos modos populares de hablar de aquella parte de Andalucía que va desde la frontera con Portugal hasta ciertas poblaciones en los límites occidentales de las provincias de Córdoba y de Málaga, territorios de una verdadera Andalucía que desarrolla su existencia en un hábitat que se extiende a ambas márgenes del Guadalquivir y que está muy bien diferenciado, histórica y culturalmente, de esta otra parte que administrativamente -y sólo administrativamente- está unificada hoy día, en esta comunidad geográfica que se inventó, inopinadamente, la cabeza del muy discutible pensador Blas Infante y materializó luego el arte política del jurista sevillano Manuel Clavero Arévalo, reuniendo, por fuerza, en una sola comunidad autónoma, dentro del actual Estado español, lo que fueron las tierras conquistadas por San Fernando para Castilla, con capitalidad sevillana y aquellas otras -estas otras del Reino de Granada- que se incorporaron a la misma corona castellana, casi trescientos años más tarde, por los Reyes Católicos.

Por eso, cuando se habla de Andalucía, aparte de lo que es el puro lenguaje político o administrativo, no se puede referir al ente autonómico que hoy es -que es lo único que tiene de común y de unitario- sino a aquellas provincias que siendo, también, meridionales son, asimismo las más orientales y tienen características en su cultura que diferencian marcadamente ambos territorios, sobre todo en el habla o en los modos de hablar el viejo y universal castellano, aun habiendo transcurrido más de quinientos años después de su unificación, bajo la misma corona.

Andalucía, lo que hoy se entiende por tal, no es una, cultural ni mucho menos lingüísticamente, vuelvo a decir, aunque les pese a algunos sevillanistas de ridículo por pretendido carácter supremacista, de esos que se creen dueños absolutos de la grasia y el salero. Y seguramente no lo llegue a ser una, por mucho tiempo que pase, porque, por ejemplo, en Almería, en Jaén, en Málaga y por supuesto en Granada a nadie que sea de la tierra se oirá nunca decir chiqui, miarma, ozú o palabras de similar estilo que tanto gusta emplear la ministra del PSOE, María Jesús Montero, en las cámaras legislativas de la nación -o donde a ella se le tercie, que para eso ella es "más chula que un ocho"- cámaras que parece llega a confundir, adrede, con corralas de vecinos del barrio de Triana. Y encima pretende que no se rían de ella, cuando a veces parece que, hablando, interpreta en Madrid una comedia de los Álvarez Quintero. ¿O no?

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