Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Conciencias

En España hay muchos franquistas, pero no lo saben. No son falangistas, Franco tampoco lo fue

En España hay muchos franquistas, pero no lo saben. No es que sean falangistas, Franco tampoco lo fue. El último de los espadones era un dictador autoritario, un político resbaladizo, un integrista católico y un ultranacionalista que contribuyó a la leyenda negra de Felipe II más que la reina protestante de Inglaterra, pero no iba disfrazado de paramilitar dando golpes y pegando tiros por las calles. Era un general, el líder del nacionalcatolicismo, y por eso se enterró en el Valle de los Caídos, símbolo postrero de la Cruzada de Liberación. Escuchad su iconografía.

No lo saben. No pueden reconocerlo. La conciencia, que es el hacker que ha pirateado esa fenomenal máquina que es el cerebro humano, les impide declararse franquistas y defender el régimen, saben que fue cruel y que se alzó después de una terrible guerra entre españoles. Navegan por terrenos resbaladizos y por eso se enfadan, se sienten molestos en sus sillas cuando se revisan esas páginas del pasado que prefieren no releer.

Con la dictadura ocurrió lo mismo: no hubo más de un cuarto de defensores del régimen, como tampoco excedió del 25% quienes se oponían a ello, la mitad andaba en eso del franquismo sociológico, acogió la democracia cuando Franco falleció, de modo natural. Quien ganó las primeras elecciones democráticas fue un presidente que había sido secretario general del partido único. Por eso la Transición española fue tan peculiar; en Alemania y en Italia, los facistas perdieron una guerra y en Portugal, una revolución que acabó con la dictadura. Toda su simbología, que era definitoria de estos regímenes propagandísticos, se enterró, se destruyó y se persiguió. La Constitución española fue un tratado de paz, a ver si vamos comprendiendo de qué va esto.

Lo que hace cruel al Valle de los Caídos no es el monumento franquista en sí, sino que miles de republicanos fuesen enterrados allí para llenar hueco (muchas familias de nacionales caídos no aceptaron los traslados) y calmar la conciencia de Franco; por eso esa reconciliación es falsa, abyecta, la de verdad fue la del 77. Tanto el panel de expertos como los parlamentos español y europeo consideran que el modo de desactivar este artefacto es sacar al único de los enterrados que no fue víctima de la Guerra Civil, el que preside el escenario junto al altar central.

Con todas las garantías legales, con escrupuloso respeto, sin venganza, cuando ha sido posible. Sin prisas.

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