Concordia

La Almudena no debe ser el santo túmulo de un dictador que representa la memoria viva del horror

El que reyes y príncipes que hayan podido escribir los capítulos más infames de la historia universal, estén enterrados en iglesias, catedrales y hasta abadías, no justifica que la iglesia católica española encuentre normal cobijar en la catedral de la capital de España a uno de los personajes que más sangre y lágrimas ha traído a nuestra patria en su reciente historia. A no ser que la iglesia católica quiera recuperar el papel de referente ideológico de la extrema derecha española o justificar, por alguna oscura razón, la perversa inmoralidad del golpe de estado contra la República, de la consiguiente guerra civil y de la larga dictadura, con el inmenso dolor que esos tres horribles capítulos de nuestra historia arrastran.

No, amigos cristianos y católicos, la catedral de la Almudena no debería convertirse en el santo túmulo de un dictador que si es cierto, para vergüenza de nuestra generación, que vuelve a tener partidarios en España, también lo es que representa, sobre todo, la memoria viva del horror para miles de familias españolas. No. La iglesia católica no puede eludir el vergonzoso agravio que supondría para muchos cristianos y católicos honestos que, mientras el cuerpo del que provocó las matanzas de españoles descanse con todos los honores en tan señalado y santo suelo, las cunetas y las fosas comunes sigan llenas de los cadáveres inocentes de sus víctimas sin una humilde bendición del más humilde párroco.

No hay excusa que justifique una acción tan miserable. Ni siquiera la de que "los muertos no tienen carnet político", como ha dicho el portavoz de la Conferencia Episcopal o la de que la iglesia busca "la concordia en el sentido cristiano de cohesión social", como ha defendido el arzobispo de la Diócesis de Madrid.

El muerto que quieren enterrar en la catedral tenía un carnet político, el de los que deshonran la tierra donde nacen, y los que empiezan a frotarse las manos pensando en que ya no tendrán que desplazarse al Valle de los Caídos para celebrar sus aquelarres de exaltación de la muerte, tienen también el mismo carnet político; el del odio como bandera.

Si la iglesia quiere concordia cristiana, el capellán del cementerio de San José sólo tiene que girar la tapia del cementerio y bendecir la tierra en la que cayeron miles de granadinos y granadinas gracias al hombre que hoy quieren enterrar en la Almudena.

Que descanse en paz el general, pero que descanse lejos.

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