¿Confinados o asediados?

Visto de otro modo, Granada está asediada a causa de la estupidez de algunos malos ciudadanos

Guarda la Biblioteca General de la Universidad de Granada, bajo el crucero alto del Hospital Real la que, junto a la de la Abadía del Sacromonte, puede ser la más antigua y nutrida de nuestra ciudad, un pliego de cordel en ocho páginas que, impreso en 1679 por el mercader de libros Raymundo de Velasco y Valdivia, recoge un relato titulado Romance verdadero donde se da cuenta de los varios efectos que causó la contagiosa epidemia en la Nobilísima Ciudad de Granada, este año de 1679. Indica el mismo impreso que su autor es Felipe Santiago Zamorano.

Si bien este romance no es el primer documento que trata sobre los efectos de una pandemia en Granada; pues ya de eso se ocupó antes el polígrafo lojeño Ibn- al-Jatib -en su Libro de la peste, en 1348, en el que aborda científicamente el asunto como médico galénico-, el relato romanceado de Santiago Zamorano es, pese a su brevedad o quizás a causa de ello, extraordinariamente detallista, al describir circunstancias que, rozando lo morboso en su afán de despertar el interés y la atención popular, casi nos hace revivir el miedo, por la tenebrosa y horrible situación de enfermedad y muerte por la que Granada hubo de pasar, otra vez, en el siglo XVII.

No es nuevo, pues, esto de estar confinados por una pandemia, en nuestros días del Covid-19 que, si bien parece ser mucho menos mortífera, no deja de ser sañuda y cruel en sus efectos y en demasiados casos, también, amiga inseparable de la fría y sonriente parca. Así, pues, sobre estos aspectos de la historia de Granada, pueden instruirse los que lo deseen, leyendo los interesantes y muy documentados trabajos del catedrático de Histología, Antonio Campos, los periodistas Gabriel Pozo o David García y el cofrade historiador Ignacio Smolka, entre otros.

Por lo que al ahora respecta, al ahora rabioso, parece que no somos capaces de domar los bríos mortíferos de esta enfermedad. Y Granada, por ello, se encuentra, desde hoy y una vez más, confinada y convertida en una invisible ciudadela desde la que las autoridades esperan que podamos defendernos con muros infranqueables aunque invisibles. Sin embargo, aparte de que estas medidas de distancia y salvaguarda son indudablemente necesarias, más precisas y convenientes serían las de doblegar la voluntad de algunos insensatos, incapaces de transitar por los caminos del respeto y la responsabilidad, guardando las recomendaciones sanitarias que se nos hacen para acabar con todo esto cuanto antes. Mientras tanto, Granada -como muchos de sus pueblos- está confinada por orden de la autoridad gubernativa o, visto de otro modo, asediada a causa de la estupidez de algunos insolidarios y malos ciudadanos. A quienes habría que encerrar sería a ellos, sólo a ellos. ¿O no?

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