La tribuna

José Antonio Pérez Tapias

La Constitución y su relato

LA Constitución española va cumpliendo años --¡treinta ya!- y con ella nuestra democracia. En este caso, el paso del tiempo permite acumular una buena cosecha de frutos de libertad e igualdad obtenidos gracias a esa Constitución que los españoles nos dimos en el alba de nuestra democracia. Fue un momento fundacional en torno al cual hay un antes y un después.

El tiempo anterior a la Constitución fue el de una dictadura que pareció inacabable, con su represión política, con su aplastamiento de la memoria, con sus bendiciones nacional-católicas y con un fardo de crímenes que el régimen intentó ocultar a base de desarrollismo y bienes de consumo para las clases medias. El tiempo posterior al pacto que supuso la Constitución, mediando reconciliación y amnistía, ha sido el de la afirmación de las libertades, el del logro de objetivos de igualdad en un Estado social y democrático de derecho, el de la expansión de una sociedad dispuesta a vivir en democracia, el de la compleja aventura política del Estado de las autonomías, el de la civilización de un poder militar que ha dado paso a unas Fuerzas Armadas sometidas al poder civil y el de un pluralismo social y político -hoy también cultural- para el que la tolerancia y la laicidad son ingredientes esenciales.

El 6 de diciembre de 1978 era imposible prever el alcance de lo que entonces aprobaba un electorado que dejaba atrás la condición de súbdito y pasaba a ejercer la ciudadanía democrática. Tres décadas después podemos contarnos una historia que, aun con sus carencias, es una historia colectiva de la que podemos decir que ha merecido la pena y que hoy estamos obligados a prolongar hacia delante. En ella han destacado ciertos protagonismos individuales, así como el papel decisivo de partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales y otras muchas entidades de la sociedad civil (asociaciones de vecinos, movimientos sociales, ONGs…). Hitos decisivos como la victoria del PSOE en octubre del 82 forman parte de encrucijadas históricas reconocidas como tales. No han faltado momentos singularmente tensos, como el del golpe antidemocrático del 23-F, ni coyunturas especialmente densas como el referéndum sobre la OTAN, las huelgas generales o las manifestaciones contra la guerra de Iraq. Las etapas de desencanto o el cáncer de la corrupción política han servido, en tanto se han dejado atrás, para ganar una conciencia democrática más madura. La alternancia política, en el gobierno de la nación, en ayuntamientos y en muchas autonomías, ha sido banco de prueba para unas instituciones que han acreditado su buen funcionamiento conforme al espíritu y la letra de nuestras leyes. La negra historia del terrorismo de ETA -se le añadieron las ensangrentadas páginas escritas por el terrorismo internacional- ha sembrado de horror y dolor nuestra geografía, pero ha desencadenado por otra parte fuertes vínculos solidarios en la ciudadanía española.

Todo eso forma parte del relato de la Constitución, de la narración que hacemos de lo que con ella hemos conseguido. Desde ese relato nos ubicamos en la Europa de la que políticamente formamos parte; desde él proseguimos esa historia en un mundo cuyo escenario global es más complejo que aquel que existía cuando aquellas Cortes constituyentes dieron a luz una Constitución que actualmente permanece viva.

Seguir escribiendo esta historia, en tiempos reluctantes a la épica y continuando un relato que no requiere mitos sino buenos argumentos por parte de sus protagonistas, implica afrontar, desde la Constitución, los problemas actuales de la sociedad española: cómo extender a todos los derechos ciudadanos, cómo hacer compatible economía y ecología, cómo reforzar las políticas sociales del Estado de bienestar, cómo educar a las generaciones que se incorporan a esta historia común, cómo luchar por el empleo en tiempos de crisis, cómo erradicar la violencia machista, cómo integrar a los inmigrantes en una democracia verdaderamente inclusiva, cómo articular mejor una España plural, cómo contribuir a la construcción europea o cómo impulsar unas relaciones más justas en un mundo globalizado. Respondiendo a todo ello será como podremos impulsar hacia el futuro la Constitución y su relato, el cual, por lo demás, tendrá que contemplar las reformas que ella misma necesita para que el guión de nuestra historia colectiva siga desarrollándose como podemos y nos merecemos.

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