Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Cotización de una plaza

El hombre blanco hetero con sueldo y coberturas está desplazando al marginal.

Los bancos de las plazas cotizan al alza. Es parte de los nuevos usos sociales derivados de la realidad que crea esta improvisada legalidad pandémica. Mi apreciado profesor y filósofo del Derecho, Mariano Maresca, lo explicaba muy bien en sus clases: la ley crea realidad al dictar qué se puede y qué no se puede hacer (legalmente). Y de ahí que veas ahora a tanto desocupado con el café, o el 'chogüarma' o el 'croasán' y el batido buscándose un banco mínimamente limpio para tomárselo al estilo transeúnte. Solo que el callejero sobrevenido igual lleva ropa de marca.

Así, ves a los marginales con solera desplazados de sus espacios. El hombre blanco hetero con sueldo y coberturas está desplazando al marginal. Paisaje extraño en mitad de esta extrañeza general.

Surge la añoranza de la tapa en barra. Por eso y por huir de la amargura procuro aferrarme a lo poco bueno que se va contando por los vertederos informativos, ese espacio tomado por la propaganda donde te cuelan como información la información opinada o directamente manipulada. Y no digamos ya los voceros apocalípticos que lo ven todo esto como la última conspiración orwelliana de una mano negra orquestada por un trust maquiavélico ideado por Bill Gates y gente así de desocupada que, según esa versión solo descubierta por unos pocos con acceso a dosieres ultra secretos que solo ellos tienen. La paranoia y las manías persecutorias, la neurosis de que todo esta contaminado están a la orden del día. Menos mal que tenemos Miguel Bosé o Alaska para estar avisados.

Con la conspiranoia encima y por ver gente humana desvirtualizada, tangible, y quejarte a gusto con algún semejante aunque sea un desconocido, hemos tomado al asalto las plazas. Dan para mucho: te pides tu pizza con lata y lías la hebra con alguno en plan botellón pero con chaqueta y mocasines allí, en tu banco, descubriendo que quizás el indigente ligero de equipaje tenía mucho más de lo que tú vas a tener en toda tu asquerosa vida vírica, a saber: un banco donde comer, un techo cuajado de nubes que le cobija y una calle por la que pasear enmascarado para ver la vida gris ésta de locales todos en alquiler o cerrados pasar ante ti como en una distopía del peor de los relatos de un mundo al revés que todos ansiamos ya que quede pronto en el olvido.

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