La colmenala colmena

Magdalena Trillo

Cuentos de Navidad 2.0

CUATRO y media de la tarde. Suena el móvil. Número oculto. Una voz latina, aterciopelada pero contundente, me propone que me haga "el seguro de los muertos". ¿El de Santa Lucía? Me parece estar viendo a mi abuela, apesadumbrada, rebuscando en bolsillos, cajones y tazas de porcelana para cumplir con el señor de negro que se presentaba, sin falta, cada trimestre. Nunca lo entendí. Toda la vida pagando un entierro. Decía que no quería ser una carga. Que quería morir con dignidad. Esa misma dignidad con la que trafican los usureros.

Vuelvo a la conversación: "¿Se refiere a un seguro de vida?". Zanjo la intempestiva llamada con un "no, gracias" y me enervo. Acabo de darme cuenta de que hablo por el móvil. Estoy 'vendida'. Llevo un año frustrada intentado dar de baja el teléfono fijo sin perder la conexión a internet. Imposible. Tan osado como convencer a los machacones comerciales de la sobremesa de que no quiero cambiarme de compañía, ni participar en concursos fantasmas, ni recibir 'gratis' vajillas, juegos de cuchillos ni enciclopedias… Que "gracias por ser la elegida".

Un par de días más tarde confirmo mis temores. Nueva llamada al móvil. Número oculto. Ahora toca hacerse un plan de pensiones. "¿No ha visto las noticias? ¿No sabe cómo está el país? La vivienda ya no desgrava y, con la que está cayendo, es la única manera de que tenga algo cuando se jubile. Es lo que toca. Lo dice Zapatero". Surrealista. Empiezo a imaginarme la película costumbrista que hoy soñaría Berlanga.

¿El plan de pensiones me compensará la subida de la luz, la gasolina, los transportes y el gas? ¿Y la congelación del sueldo? ¿Y la escalada de precios? ¿Y la cuesta de enero? Me consuelo pensando que voy a contribuir a la estabilidad el sistema financiero. Lo de la desgravación me ha llegado al alma. Decido ir a la entidad y firmo el dichoso plan de pensiones. Otra más en el bote. No me resisto a marcharme sin preguntar por la economía. ¿Ha servido de algo mi previsora acción para calmar a los mercados?

Es la segunda 'obra' que hago para cerrar el año. La primera fue comprar el iPad de Apple. Lo compruebo cuando leo en el Ciberpaís que el gigante tecnológico de Steve Jobs ya supera a Petrochina… Las acciones de la compañía han pasado de 7,4 a más de 325 dólares en una década y ya es la segunda empresa del mundo con mayor valor en Bolsa sólo precedida por la petrolera Exxon Mobil. De momento, no puedo entablar videoconferencias ni ver vídeos en flash pero ahí estoy, a la última. Con el iPad en el bolso.

La tercera 'obra' será no pedir a los Reyes la Barbie que tanto atemoriza al FBI. Ha caído el Antón Zampón, el Tic Tac Boum, el reloj digital y hasta el brazo de Spiderman, pero no la muñeca que los agentes norteamericanos califican de "posible método de producción de pornografía infantil". Pantalones de pitillo, chaleco brillante y un llamativo collar que oculta el objetivo de una cámara de vídeo. En la espalda, en lugar de la clásica mochila, una pantalla LCD en color que permite grabar hasta 30 minutos y descargar el material a través de USB para retocarlo en la web oficial de la Barbie Video Girl.

Termino de escribir el artículo y pido cita en el médico. No sé si tengo wiitis, el síndrome de la pantalla, el pulgar de la Blackberry o el codo de móvil. En cristiano: tendinitis, ojo seco, bursitis, afectación del túnel carpiano, epicondilitis, lesión nodular... Como oyen. Es la consecuencia de escuchar demasiado alto el iPod y el MP3, no parar de enviar 'sms' con el iPhone, pasar demasiadas horas delante del ordenador o jugar más de la cuenta a la Nintendo. ¿Les resulta familiar? Año nuevo, vida nueva. Incorporen a su lista de propósitos no formar parte de la próxima generación de sordos, reumáticos y lisiados tecnológicos en que nos estamos convirtiendo.

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