La locución dar coba hace referencia al hecho de regalar los oídos de alguien con elogios o halagos fingidos. Tiene su origen en las jergas de germanía (manera particular de hablar de ladrones y rufianes) y generalmente era una manera de distraer a sus hipotéticas víctimas con lisonjas y alabanzas para después poder engañarlas. No se me ocurre expresión más exacta para calificar la actitud de la sociedad en general y los políticos en particular hacia el baqueteado colectivo de los sanitarios.

En el recién concluido estado de alarma los sanitarios recogían a diario los aplausos de la gente que a las 8 salía a los balcones para, con la excusa de agradecerles a médicos, enfermeros y auxiliares su infatigable lucha contra el coronavirus, escapar, si quiera unos instantes, del tedio que les producía el confinamiento. Por supuesto, los políticos elogiaban con largueza esta espontánea manifestación popular y no dudaban en sumarse a ella calificando de heroica (los datos desde luego les respaldaban: más de 50.000 contagiados y 76 muertos) la actitud del colectivo sanitario. Atribuían al valor (rayano, diría yo, en lo kamikaze) lo que no eran sino unas pésimas condiciones de trabajo con pocos medios y sin el adecuado material de protección que llegó con retraso y defectuoso. El resultado (convenientemente ignorado) fue que España tuvo la tasa de sanitarios contagiados más alta del mundo. A pesar de ello, nuestras autoridades siguen difundiendo el mantra de que la sanidad española es de las más valoradas de entre los países occidentales.

Aunque tal afirmación se antoja un punto optimista, en lo que desde luego sí sobresalimos es en ser de largo la más barata. El porcentaje del PIB dedicado al gasto sanitario está lejos del de Alemania, Francia o Gran Bretaña y la universalidad de atención de la que tanto se ufanan los políticos se obtiene a costa de las condiciones laborales de sus trabajadores: sueldos ridículos, precariedad, masificación de consultas y… ¡ninguna queja! Por si fuese poco, el colectivo sanitario tiene que lidiar con otra peculiaridad española: las autonomías. En según que comunidades (¿o quizá taifas?) el hecho de conocer la lengua cooficial supone en el currículum más que 600 horas de formación continuada o haber publicado un libro como primer autor, así que a la hora de obtener una plaza cuenta más el nivel de euskera, catalán o gallego que la cualificación profesional (eso sí los futuros pacientes de estos "políglotas" quedarán reconfortados cuando escuchen al galeno blasfemar en su lengua vernácula al no dar con el diagnostico de su enfermedad).

Lo sorprendente es que la formación de los sanitarios españoles (sistema MIR) es excelente y no tiene sentido que cientos de profesionales emigren en busca de unas condiciones de trabajo más dignas. Exportar médicos y enfermeros formados en nuestro sistema y con nuestros -cada vez más menguados- recursos resulta un negocio ruinoso, un sinsentido que no nos podemos permitir y mucho menos justificar.

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