La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

¿Dejamos morir a la OCG?

La apuesta por la cultura sigue moviéndose en este país entre la desconfianza, los prejuicios y los complejos

A la OCG le ha ocurrido durante la crisis lo mismo que a cualquier familia: una década de recortes, una progresiva pérdida de poder adquisitivo y una losa de deuda cada vez más pesada. Si dependiera de un banco estaría en situación de desahucio. La sostenemos, sin embargo, a un paso del lanzamiento pero sumida en un encefalograma plano con respiración asistida: con las aportaciones públicas del Consorcio Granada para la Música -que tienen más de voluntarismo que de efectividad- y con un sorprendente clima de despreocupación en la ciudad. Y el problema es que una orquesta no es ninguna ONG. No puede vivir ni de la caridad, ni de intenciones y promesas que acaban en papel mojado ni del respaldo incondicional de la afición. Por muchos lazos solidarios que luzcan en los conciertos.

La temporada ha arrancado sin el espectáculo inaugural masivo y gratuito que en los últimos años se había convertido en el pistoletazo de salida del otoño cultural y con la (desesperada) dimisión del gerente tras quince meses sin poder levantar la persiana de la orquesta con un mínimo de solvencia. Más de un año pidiendo favores para mantener el nivel artístico, dando la cara ante los proveedores por las facturas pendientes y poniendo en orden unas cuentas que parecen un pozo sin fondo por una inaudita razón: las administraciones anuncian pagos -la foto nunca falta- pero el dinero nunca llega...

La situación financiera de la OCG ha sido un tema recurrente -y de polémica- en sus tres largas décadas de historia pero es también un debate extensible a la propia gestión de este tipo de iniciativas e, incluso, a cómo entendemos la cultura. Qué prioridad tiene en nuestra sociedad, qué aporta al paisaje de una ciudad y cómo se financia. Y es que en la tormenta perfecta que ha golpeado a la OCG, una de las instituciones culturales más solventes y con más proyección de toda Andalucía, no hay sólo números.

El compositor Alberto Iglesias lamentaba esta misma semana que la orquesta pudiera llegar a "desaparecer" y recalcaba el valor que supone como proyecto de referencia para toda España. Expresaba una preocupación compartida pero, atrevámonos a decirlo abiertamente, elitista: porque no todos tienen tan claro como el músico el "extraordinario nivel" que tiene la OCG -animo a comparar la aportación que realiza por ejemplo el Ayuntamiento a la banda municipal- y porque, ampliando el foco de la reflexión, la apuesta por la cultura sigue moviéndose en este país entre la desconfianza, los prejuicios y los complejos.

Podríamos derivar aquí hacia el inacabable dilema entre lo público y lo privado, con el trasfondo de tensión que supone determinar qué merece ser subvencionable, pero hay un factor local en la situación de la OCG que resulta mucho más determinante y singular: Granada sufre el mal del mal emprendedor. Lanzamos proyectos a lo grande sin preocuparnos luego de garantizar su mantenimiento y su viabilidad; en ocasiones sin ni siquiera ser capaces de ejecutarlos.

Hace unas semanas volvimos a desempolvar el proyecto del gran teatro de la ópera sin recordar, por ejemplo, que sólo la inversión necesaria para limpiar las paredes de cristal que ideó Kengo Kuma podría comerse todo el presupuesto de cultura de una ciudad. El Isabel la Católica malvive con una programación mediocre y de subsistencia, los centros cívicos de los barrios han derivado en espacios improvisados para -por ejemplo- practicar yoga, seguimos aplicando la tijera a los festivales más señeros de esta ciudad y el propio Auditorio Falla apenas tiene programación más allá del calendario de la OCG.

Un gran conocedor de la orquesta me ponía este viernes un ejemplo más que elocuente de la paradójica situación de fondo que explica la crisis de la orquesta: nos queremos comprar un Ferrari -tal vez podamos- pero no hacemos las cuentas de lo que luego nos costará mantenerlo cuando llegue el seguro, haya que cambiar las ruedas...

¿Queremos el título de la Capitalidad Cultural sin inversión? ¿Montando y desmontando comisiones de trabajo? ¿Descuidando lo que tenemos? Porque una orquesta no se cierra pero sí se deja morir.

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