Su propio afán

Delgada línea negra

El inquisidor, por decirlo con una metáfora de la leyenda negra, no puede permitirse el lujo de abrigar dudas de fe

El mundo se derrumba (o se estremece), y nosotros nos preocupamos del pisito de Espinar. En realidad, me desazonan más las elecciones norteamericanas, claro, pero se trata también de tener algo que decirles que no digan otros y, hoy por hoy, España está medio vacía, porque todos los corresponsales, expertos, politólogos y analistas andan por los Estados Unidos en busca de la noticia fresca. En cambio, hay una defensa de Ramón Espinar que me parece espinosa y que, aprovechando el jaleo norteamericano, se nos puede colar por toda la escuadra.

Se trata de quienes defienden a Espinar con argumentos del tipo de que 30.000 euros no son nada comparado con lo que se robó en este país o que, a pesar de tanta corrupción, nos fijamos en ese leve desliz ni ilegal del joven. Parece un argumento magnánimo y no lo es. En parte, porque 30.000 euros no es moco de pavo, que quién los pillara, y más si se ganan en unos meses de nada y sin doblarla, a costa de la vivienda de protección oficial y del salario del pagano que la compró por encima de lo que costaba originalmente. Encima, habría que enterarse bien de dónde le vino la potra a Espinar de que le tocase esa vivienda en una localidad que no era ni la suya.

A todo esto, hay que sumar que en Podemos han ido de impolutos. De manera que la menor mancha se les nota mucho y canta más. El inquisidor, por decirlo con una metáfora del gusto de la leyenda negra, no puede permitirse el lujo de abrigar dudas de fe. Algo parecido les ocurre a los muchachos de Podemos, que han fustigado a la casta y han puesto sambenitos a los partidos de siempre y han llevado a la hoguera (mediática) a los presuntos de los partidos rivales.

Sin embargo, nada de esto me trae aquí a escribir el artículo, sino la jugada de escudar a Espinar en el hecho de que los demás partidos tienen casos de corrupción mucho más ilegales y mucho más abultados que la reventa de una VPO, operación que tiene sus zonas de penumbra, pero no de oscuridad total. Y es cierto. Pero esconderse tras la corrupción ajena no deja de ser una forma indirecta de aprovecharse de ella, de dejar de denunciarla con rectitud de intención, de utilizarla, en suma. Hay una línea sutil entre denunciar, con más o menos intolerancia y acritud, la deshonestidad del contrario y aprovecharla para disculpar la propia, porque es más pequeñita y discutible. Quien cruza esa línea se ha puesto al otro lado.

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