En 1969, Sydney Pollack estrenaba la película They Shoot Horses, Don't They? La traducción literal sería algo así como Disparan a los caballos, ¿no? En España se renombró Danzad, danzad, malditos. El título español focalizaba el interés sobre esos bailarines desesperados, patéticos, que evidenciaban lo que tiene de trágico la resistencia humana, física y psíquica, capaces de cualquier cosa en plena Gran Depresión, en un ambiente de miseria, por unos dólares de plata. Cuando el individuo asume ser masa, asume no ser nada, asume perder esa condición que le hace grande y único, para ser arrastrado, como mulos de carga, como caballos de arado tirando del pesado fardo que supone haber sido desprovisto de toda dignidad.

Durante tres días he podido contemplar a los danzantes desplazándose sin sentido, como se desplaza la ameba, gritando en la noche deseosos de constatar su presencia en mitad de la locura, nerviosos, ansiosos, orgullosos de ser parte de lo ínfimo, sin aspirar siquiera a un premio en monedas de plata, fijando en las pantallas para el recuerdo la gran hazaña de torear coches en mitad de la calle, de lanzar vasos de cristal al aire y dejarse empapar por una lluvia de alcohol, pero también soberbios en las puertas de los cosos, de las iglesias, en los espacios cerrados, con las mascarillas protegiendo los poros de la piel de la muñeca, donde siempre han presumido de los colores fuertes de la bandera. No hay límite de edad ni estatus. Hay falta de educación. Contra la educación, un Comité de Expertos, que cierra aulas y deja abiertas de par en par las puertas de las pistas de baile. Nadie sabe sus nombres, nadie conoce sus rostros, son únicamente "El Comité de Expertos", aquellos que tienen la potestad de disparar a los caballos, los que observan apuntando desde el otro lado del seto, los que abastecen los abrevaderos donde reventar al equino y cierran bibliotecas, para evitar que relinchen. Esos sobre los que Pollack quiso fijar la atención. Una minoría morbosa que se divierte contemplando la danza de los locos, la danza de los inocentes. Dejarse llevar es la coreografía más fácil de aprender y ellos lo saben.

Pero al que sujeta el arma el tiro le puede salir por la culata y, cualquier cosa microscópica, el diminuto aguijón de un mosquito, un zumbido repentino, desboca al caballo, dicen, el animal más noble. Y todo termina y para la música y se detiene la danza. Entonces, no sólo la Universidad quedará deshabitada, también lo único que parece importar, los negocios de hostelería. Más que un virus, se diría que flota en el aire la Naegleria Fowleri, llamada popularmente "Ameba come-cerebros".

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