Doctor, yo quiero mi pastilla

Los pacientes exigimos nuestras pastillas, entre otras cosas porque nos cuestan muy poco y la consulta es gratis

Nos tomamos la tensión continuamente y vamos a hacernos con regularidad un análisis de sangre para ver cómo estamos del colesterol y los triglicéridos. También hay un aparato que nos mide los niveles de glucosa y otro que nos dice los glóbulos rojos y hasta si hay un glóbulo azul que se ha colado en el análisis. Y como siempre hay algo descompensado en nuestro organismo, el médico nos dice que tenemos que cambiar de hábitos de vida (andar más, comer mejor, hacer deporte…) o si no tendrá más remedio que mandarnos pastillas. Y elegimos las pastillas. Hay gente que ya no puede vivir sin ellas. Tengo un amigo con una mujer que le habla a las píldoras y que tiene una relación de intimidad con ellas: "Ahora me tomo mi dopamina y me quedo fritica ¡Ay!... ¡qué haría yo sin mi dopamina!". Lo dijo alguien, es paradójico que cuanto más avanzada está la medicina, más enfermos existen. No hay más que darse una vuelta por un centro de salud una mañana. Las consultas están atestadas de gente que va en busca de medicamentos. ¡Y ahí de aquel médico que no le expida una receta a una señora que dice que duerme mal por las noches o que se encuentra algo inapetente! Se le puede caer el pelo. Los pacientes no permitimos que nos digan que nuestra patología se cura llevando una vida más saludable, exigimos nuestras pastillas, entre otras cosas porque nos cuestan muy poco y la consulta es gratis. Y no debemos de preocuparnos porque hay píldoras para todo, de eso se encargan convenientemente las multinacionales farmacéuticas.

Manuel Gálvez, médico de familia que lleva muchos años en un centro de salud, ha escrito un libro que se llama ¡Vive! El doctor Gálvez cree que hay personas que podrían ser muy felices con el nivel de salud del que disfrutan y que, sin embargo, merodean incansablemente, presas del miedo, por los servicios de salud en busca de soluciones a problemas difícilmente objetivables o cuya solución no está a la altura de sus expectativas. Como consecuencia de ello cree que vivimos en una sociedad 'apastillada', un sociedad con personas que se sienten mejor tomando algún medicamento. Falta por inventarse un termómetro que marque nuestro estado de felicidad. Nos lo pondríamos todos los días para saber cómo andamos de ella. Si estamos bajos en ella, nos tomaríamos una pastilla.

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