Por montera

Don Manuel

Los debates sobre la política me aclaraban criterios e iluminaban mis percepciones

Con un profundo pesar esta semana hemos estado despidiéndonos de un hombre bueno, un hombre ejemplar, de vasta cultura, un hombre humilde, digno, muy educado, clásico, listo, estudioso, divertido… y sin enemigos. Alguien a quien así se le describe es digno de estudio, inspiración y para la imitación. Don Manuel Clavero Arévalo era único aunque pertenecía a esa especie humana que tanto añoramos en estos tiempos. El valor de la palabra de Don Manuel hacía que lo que dijera se tradujera en palabra sagrada. A donde vayas alguien te cuenta cómo les ayudó a levantar una hermandad o una universidad. O cómo cuando era rector los estudiantes se manifestaron por San Fernando para que les quitaran la Selectividad. El portavoz pidió verle y Don Manuel lo atendió. Preguntó las reivindicaciones de los estudiantes y éste le contó que quería suprimir la Selectividad por injusta. Don Manuel le prometió que ese año no habría exámenes. No hizo falta plasmarlo por escrito. Y todos creyeron en el valor de la palabra de Don Manuel y así se cumplió su promesa. Siempre he lamentado no haber tenido muchos más años para haber podido ser una de sus alumnas, pero haber tenido la fortuna de disfrutar de su amistad podía hacerme imaginar que siempre que estábamos juntos, para mí, era una escuela permanente. Su sabiduría era una guía cultural que derivaba en una selección meticulosa de libros, siempre acertados, oportunos, necesarios e interesantes. Los debates sobre la política me aclaraban criterios e iluminaban mis percepciones. Su voz, siempre era serena. Jamás lo vi alterado. Incluso cuando veo vídeos de la época del referéndum o, en la radio, escucho su aliento hacia el pueblo andaluz, aún esa voz me resulta comedida para lo que nada más y nada menos reivindicaba. Era un amante de su tierra, de los andaluces a quienes dedicó su vida entera, pero presumía, y con razón, de su esposa Guadalupe, de sus hijos y nietos y de sus buenos amigos. Nunca hablaba mal de nadie y si la crítica política era contraria a su criterio, las definiciones jamás resultaban ofensivas. Definir a Don Manuel es el discurrir por el gozo de las cosas buenas. Porque desde las más graves conquistas, ni más ni menos que la justicia democrática para toda una región, hasta defender el caso de una empresa, las lidió desde la más firme educación, sentido del deber y la razón. Sabiendo que su marcha es un proceso natural de la vida no duele por menos su pérdida. Porque su ausencia invade un silencio y aparece el vértigo para aprender a vivir sin él.

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