Señales de humo

José Ignacio Lapido

Dopados

CoN motivo del primer caso de dopping en los Juegos Olímpicos de Pekín, cortesía de una ciclista española, leo con estupor unas declaraciones exculpatorias del secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, en las que se ufana de haber aumentado el presupuesto para la "lucha antidopaje" en el deporte español. En vez de cuatro millones de euros, ahora se gastarán siete. Mi estupefacción, que ha dejado semiparalizadas las falanges distales con las que tecleo torpemente estas palabras, se debe a que desconocía por completo que hubiera partida alguna en los Presupuestos Generales del Estado destinada a tal fin. Somos un país muy moderno, nos gastamos una pasta gansa en impedir que nuestros musculosos chicos se pongan hasta las cejas de drogas: ¡para que no hagan trampas! Siete millones siete que saldrán de las mermadas arcas públicas a mayor gloria de la impostura. Sería una humorada si no fuera patético.

Imagino que todo esto tiene que ver con la sacralización deportiva que venimos padeciendo desde no sé cuando. Amarás al balón sobre todas las cosas. Y la pregunta es, ¿cuándo se convirtió el deporte en religión de Estado? Porque debió de haber un momento en la historia de la Humanidad en el que la simple práctica reglada de un ejercicio físico deviniera en objeto de adoración. Supongo que sería en la antigua Grecia, donde los atletas vencedores eran tratados como semidioses. Busco paralelismos históricos al acto de inauguración de los JJOO de Pekín -o Beijín, vaya usted a saber- y la memoria me lleva a los Juegos que Goebbels organizó en la Alemania nazi de 1936: pura propaganda política. A excepción de las ceremonias vaticanas, sólo una cruel dictadura puede alcanzar ese nivel de perfección en la liturgia.

Qué duda cabe que la capacidad para adormecer conciencias que Marx le atribuyó a la religión ahora la ostenta la práctica deportiva en sus múltiples variedades, no ya porque las mentes de millones de personas en todo el mundo estén ocupadas diariamente con avatares competitivos de distinto jaez. Fíjense en la actitud de los participantes en estos Juegos (deportistas, Estados, empresas patrocinadoras…) No me dirán que esa manera de evadirse de la realidad no es típica de alguien anestesiado, dopado o flipado. De entre los miles que han viajado hasta allí apenas cuarenta se han atrevido a levantar tímidamente la voz contra los sangrantes atropellos a los derechos humanos que se producen habitualmente en el país organizador.

Aquellos que sostienen que no hay que mezclar deporte y política tienen suerte: la cobardía ética es una sustancia que no da positivo.

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