palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Doritos

ARCH West, el genuino creador de los Doritos, viajó hace diez días a la Salsas del Señor (murió quiero decir) a los 97 años de edad. Los herederos del imperio de los triángulos de maíz fritos acompañaron hace justo una semana el ataúd al borde de la tumba y por expreso deseo del finado, cuando la caja rebotó contra el fondo de la fosa con ese sonido seco que tantas pésimas elegías ha inspirado, los deudos lanzaron puñados y puñados de doritos. Los triángulos volaban sobre el difunto como si fueran unos raros y grávidos insectos. O como aquellas mariposas de luz que los antiguos encendían en honor de las ánimas benditas. ¿Cuál fue el sabor elegido? ¿A qué demonios sabían los aperitivos fúnebres con que fue honrado West? ¿A queso, que recuerda las alas de los ángeles? ¿A barbacoa, que es más racial? ¿Con un ligero sabor a ajo? ¿O al aroma del ketchup picante? No, los parientes de West optaron por el sabor neutro del dorito originario. Yo siempre he pensado que el maná bíblico sabía a doritos al aroma de los santos... Cuando cesó la lluvia y la capa crujiente de maíz cubrió el féretro los enterradores sellaron para siempre el cadáver de este casi anónimo benefactor de la humanidad.

No sé de qué de sabor eran los doritos que amenazan con cubrir la reputación del ex director de Cultura de Diputación durante el gobierno a dos manos del PSOE e IU. Lo único que conocemos es que el citado cargo de confianza adquirió en algún momento del mandato anterior una bolsa de maíz y cargó los 1,75 euros como dietas en la cuenta de la institución. ¡El PP quiere que ese somero aperitivo cubra para siempre su honradez! Ayer el concejal de Economía del Ayuntamiento de Granada, Francisco Ledesma, alargó el chiste y aprovechó el pleno municipal para repartir el contenido de una bolsa entre los corporativos. ¿Pueden cincuenta gramos de doritos hundir la dignidad de un político? Comparado con los suculentos cohechos que circularon durante el auge del ladrillo en algunos ayuntamientos el peso de una bolsa de doritos es insignificante.

Los doritos que consumió el colaborador de la Diputación tienen, digamos, un significado diferente: simbolizan el precio (muy funcionarial, por cierto) que para muchos tienen las arcas pública: 1,75 euros. Y el concepto que tienen de ellas: una especie de saco sin fondo que está obligado a subvencionar todas las galguerías que necesita un cargo de confianza para subsistir. La administración concebida como una inmensa teta que suministra leche, pero también los calostros y el vermú. No, no es de recibo que la Diputación pague doritos. Ni coches. Ni cohechos. Ni viajes.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios