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Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Dresde y la libertad

Una democracia, a diferencia de cualquier dictadura, no sufre la tentación de recortar un ápice las libertades

El martes de carnaval de 1945, las escasas fiestas que salpicaban Dresde finalizaron abruptamente. Un terrible bombardeo, liderado por la RAF, que se prolongó durante casi tres días, redujo la ciudad a cenizas. La destrucción de la Florencia del Elba generó un impacto imponente en la sociedad británica. Los periódicos publicaron cartas al director censurando duramente al Alto Mando Aliado; el Comodoro Grierson hubo de contestar a las insistentes preguntas de los periodistas durante la habitual rueda de prensa, ofrecida dos días después del raid y Howard Cowan, corresponsal de guerra de Associated Press, escribió que "los comandantes aéreos aliados han tomado la tan esperada decisión de adoptar el bombardeo terrorista deliberado de los centros de población alemanes como un recurso despiadado para acelerar la condena de Hitler". Tal presión hizo que hasta el premier Churchill se distanciara de su viejo amigo el Mariscal del Aire sir Arthur Harris.

El 6 de marzo, Richard Stokes, parlamentario laborista opuesto a estas acciones contra las ciudades, llevó el asunto a los Comunes. Mr. Stokes fue una espina clavada en el corazón del gobierno durante toda la guerra. Pero no estuvo solo. Su compañero de bancada Albert Salter y el Dr. Bell, Obispo de Chichester y miembro de la Cámara de los Lores, le acompañaron en esa cruzada junto a otros destacados clérigos como William Inge, exdeán de la Catedral de San Pablo. En 1941, el Obispo Bell calificaba el bombardeo de ciudades, en una carta al Times, como un acto de barbarie, y meses antes del de Dresde clamaba ante los lores: "Todos sabemos que estas acciones fueron iniciadas por los alemanes, como prueban las ruinas de Londres, Coventry y Portsmouth, pero no podemos justificar los nuestros con tal argumento puesto que ello significaría tanto como imitar las peores atrocidades cometidas por el enemigo".

Cuatro años antes, la Luftwaffe asoló Coventry. Goebbles se vanaglorió de su destrucción y usó el verbo coventrizar como sinónimo de arrasar por completo. Pero en la Alemania nazi no hubo una sola carta al director, ni una rueda de prensa incómoda, ni un artículo crítico con el Alto Mando y ni un solo parlamentario se alzó en su escaño para oponerse a lo que creía injusto. Una democracia, a diferencia de cualquier dictadura, no sufre, ni en los más graves y duros momentos, la tentación de recortar un ápice las libertades individuales.

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