Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Dueto papal

Son muchos los que quieren a su Iglesia, pero disponen de pocas armas dialécticas para enfrentarse a la calumnia

Un mano a mano interpretativo de altura con un guión de los que hacen historia nos permite, en estas fechas tan religiosas por navideñas, ahondar en lo que se está cocinando dentro de la Iglesia de Roma en las últimas décadas, un tiempo de convulsión y crisis profunda en la que este 'dueto papal' que ahora rige sus destinos supone el último intento por salvar los trastos de un esquema a todas luces obsoleto que, a pesar de la inercia inmovilista, tiene que regenerarse desde dentro.

Esta refundación eclesial conviene a todos, pero especialmente a los 1.200 millones de seguidores de la Iglesia original de Cristo y del sucesor de Pedro, ahora Francisco. Son muchos los católicos que siguen queriendo a su Iglesia pero se encuentran con pocas armas dialécticas para enfrentar la calumnia. Para ayudar a, por lo pronto, tener una visión de conjunto hay que ver esta gran película al alcance de todos vía Netflix. Los dos papas se titula este duelo de gigantes en el que nada menos que el Anibal Lecter Anthony Hopkins de siempre consigue que nos metamos en el pellejo de un Benedicto XVI en crisis espiritual que, acosado y sin fuerzas, tiende la mano a su opuesto en casi todo para cederle el testigo que reconduzca al rebaño al siglo XXI. A pesar de Bergoglio, eso sí, un jesuita controvertido y respondón, pero que supo cambiar de prisma aún siendo todo un arzobispo.

Muchos vimos en la elección de Francisco un rayo de esperanza del Vaticano. Venido del nuevo mundo, que no quería enjaularse en el papado, que reclamaba la vuelta a los pobres, que quería levantar las alfombras del Banco Vaticano y purgar el cáncer de la pederastia o poner encima de la mesa opciones al celibato, integrar a los divorciados y demás alejados del mensaje... Quizás demasiado para una tremenda mayoría de católicos 'de los de toda la vida' a los que la religión les sirve más bien como argumento identitario o como excusa para la juerga y el ocio.

Nada como sentarse estos días y ver en familia y debatir y posicionarse ante la tele y revisar qué mundo queremos, si el del triunfo del mercado como única ley o esa otra forma de ver la vida que prima a las personas y el espíritu por encima de las posesiones y las normas. Como Cristo haría, claro, para volver a ser clavado en el crucifijo.

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