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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Dylan sirve a sus fieles

Bob Dylan tiene 78 años y da cerca de un centenar de conciertos cada año desde hace muchos años, cuando dio por comenzada la Gira interminable en 1988. Conciertos imprevisibles en contenido y también en las formas. Esto lo sabe uno casi de oídas, porque hay poquísimas grabaciones originales -y estables- de él en internet, hagan la prueba. El celo en su difusión y en la prohibición de cámaras en las actuaciones que da con un monumental grupo de secuaces podrá tener diversas interpretaciones. Hay quien lo llama pesetero por esto: a toda figura artística que genera océanos de amor y reconocimiento incondicional entre los suyos le surgen odiadores; el odio -o su primo menor, el desdén- es para quien es incapaz de ignorar -ni comprender- a la estrella y a su brillo. En fin, estar presente en una de las joyas que esparce por el mundo en su Never ending tour te asemeja, eso crees, al Vlad Drácula de Coppola lamiendo un resto de sangre de la navaja de afeitar de su joven huésped. Como cuando, traicionera, la memoria te trae aquel beso adolescente en un cine de verano: hechos que sólo se conservan en la nebulosa del paraíso de la memoria. Ahí deben quedar, para rumiarlos de vez en cuando y así ponerse una buena dosis de triste eco de belleza, que no otra cosa es la nostalgia.

No sé si también ayer en Fuengirola -lo dicho, su repertorio es un misterioso arcano-, pero el viernes en Sevilla interpretó Gotta Serve somebody ("Tienes que servir a alguien"), una canción del disco Slow train coming que, como en no pocas ocasiones a lo largo de su ubérrima trayectoria, fue duramente criticado, señalado como un certificado de defunción... otro más. Aquella canción fue interpretada en forma de Gospel -"De barreras, me pone usted las justas", solicitó el genio a Dios-, y quizá la recuerden por la banda sonora de Los Soprano. El viernes cerraba con ella el concierto, y uno quiso tomárselo como un recordatorio, y las comillas son mías: "Muy bien, hijo, vale, soy esquivo borde, voy a lo mío, y no te quiero escuchar; tómatelo como quieras, búscate la vida, muchacho. Pero antes voy a servirte dos horas". Tenía que hacerlo, se había comprometido en esa canción. Por cierto, no fue la última. Dio un bis. Un Blowin' in the wind para, lo dicho, el paraíso de la memoria, la que nos quede. No me lo callaré: cuando la mayoría no habíamos reconocido que sonaba ese tema, versionado a su arrebatador aire, mi hija menor me lo desveló al oído. Hay cantera. Hay fieles. Tenemos maestro que nos sirva.

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