La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Ecologistas conversos

Es cosa de todos producir menos basura que vomitar a ese gran vertedero en que hemos convertido los océanos

Ahora que arde el Amazonas y que se muestra a las claras quiénes son los malos de esta aniquilación sistemática del planeta (hasta la extinción a la larga de la especie humana, rareza molesta para muchos en la faz de la tierra) surgen aquí y allá ecologistas 'de los de toda la vida' (es decir, de hace unos días) que se rasgan las vestiduras por el Amazonas sin levantarse del sofá de su casa, consumiendo incluso todo lo que le hace mal al planeta o comprando en tiendas que esquilman la economía global sin sonrojarse siquiera.

El ecologismo parvenú este que sufrimos se va pareciendo a otra religión más e igualmente llena de neoconversos, por lo que tiene de idealismo y de pensamiento universal y desinteresado en principio. Es la nueva sensibilidad que ha eclosionado con el siglo ante la evidencia de que tanto orgullo tecnológico nos conduce hacia un mundo-basurero donde sólo se recicla la porquería del primer mundo mientras el excedente se manda en contenedores a los vertederos de África, Asia o Sudamérica. En la ecología esta como nueva moda también hay clases y rangos, que haberlos los hay hasta en los cementerios.

Una nueva religión en la que militar y darnos golpes de pecho con su nueva moral y sus muchos días renovados repletos de preceptos como el comer menos carne para reducir la dependencia de la ganadería; plantar cada uno un árbol y cuidar cada cual sus plantitas; o fomentar los jardines verticales y urbanos que tapicen de verde el caluroso cemento armado; o no usar plásticos en la vida doméstica cotidiana; o consumir más fruta y verdura cuyo cultivo oxigena el planeta. Y así y en general, optar por lo que no dañe al planeta, aunque sea caro, que bien que lo es, por lo que volvemos al clasismo de los cementerios, algo consustancial a cualquier esnobismo. Por una vez, la moda va en favor del buen sentido: Sólo con estos pocos hábitos ya arreglaríamos gran parte del problema para felicidad y salvación de los osos polares, por ejemplo. Es cosa de todos producir menos basura que vomitar a ese gran vertedero en que hemos convertido los océanos, mares donde flotan los cuerpos de aquellos que aspiraron a ser tan consumistas y bien pensantes como nosotros. Pero ellos se quedaron en el camino de esta felicidad tan para pocos y tan llena de comodidad y de peligro.

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