CÉSAR REQUESÉNS

Ecos de Medjugorje

En este siglo XXI la Madre de Cristo nos dice cosas como que volvamos a lo esencial en nuestras vidas

Varios amigos católicos vienen tiempo atrás hablándome de su visita a un recóndito lugar llamado Medjugorje. Me cuentan con la mirada encendida las maravillas intangibles que allí han descubierto experiencias tan incomunicables que sólo recordarlas les encienden las mejillas. Dan ganas de ir a constatar que existe una aldea en Bosnia-Herzegovina donde, cuentan, se aparece desde 1981 la Virgen María a diario a cinco personas desvelándoles misterios o dándoles precisas instrucciones sobre una práctica religiosa en la que la vuelta a la adoración del misterio de la eucaristía tiene un papel central. Se percibe en lo que te cuentan un entusiasmo difícil de encontrar hoy día. Sorprende y cautiva.

Para los espíritus más racionalistas esto no pasaría de ser una superchería para crédulos beatos. Ya sucedió con los santuarios de Lourdes y Fátima en los siglos XIX y XX. Pero es en este siglo XXI, en Medjugorje, donde con más firmeza la Madre de Cristo vuelve a venir a la tierra para decirnos cosas sencillas como que volvamos a lo esencial en nuestras vidas.

Animado por estos relatos me acerqué el sábado pasado a escuchar la conferencia de Jesús García, un periodista que durante la realización de un reportaje vivió una experiencia de conversión de una religión de formas y costumbres heredadas a una fe renovada en lo más íntimo del ser.

María Vallejo-Nágera o José María Zavala son otros intelectuales también tocados por aquella paz sin límites, tanto que ya no paran de relatarlo a quien les quiera escuchar. Sorprende. Las cautelas de la Iglesia hasta 2018 solo ha hecho que avivar este fenómeno que nutre ahora las parroquias, esos templos que se quedaban casi vacíos y que vuelven a poblarse de vida.

El misterio vuelve a superarnos. Hay hechos sobrenaturales ante los que la razón poco tiene que hacer sino retirarse o rendirse superada. Hay quien lo explica como una sugestión colectiva. Pero cuarenta años de sugestión sin pausa es mucho.

Habrá que ir, claro. Hay enigmas que no podemos perdernos. Sigue habiendo muchas preguntas en el corazón de cada uno que no encuentran respuesta y, evidentemente, la propuesta de este mundo cruel, de este trabaja-desea-compra-come-duerme-y-muérete está claro que a nadie sacia. Habrá que ir a Medjugorje no tanto a ver como a sentir y abrirse a otras verdades por lo que pueda ser.

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