Paisaje urbano

Educación: cuestión de eficiencia

Sorprende la insistencia de nuestra izquierda en bajar el mínimo nivel exigible para enmascarar resultados

La pasada semana, se publicó en el BOE un Real Decreto promovido por el Ministerio de Educación, el cual modifica el criterio de valoración de los alumnos en las tres etapas de la educación, incorporando como mayor novedad la posibilidad de obtención del título de bachiller aun no habiendo superado una asignatura, lo que ha llevado a la indignación de bastantes docentes que ven ahí un paso más hacia una progresiva desconsideración del mérito y el esfuerzo como pilar básico del progreso (y recompensa) del alumno.

En realidad, este nuevo golpe de tuerca del Ministerio no hace sino consolidar una idea de la educación más transversal de la que ha venido rigiendo, con sus matices, desde la época de Villar Palasí, basado en la adquisición de conocimientos de memoria (los codos de toda la vida) evaluados mediantes exámenes fácilmente objetivables que simplemente hay que superar. Como alguien ha expresado (porque, aunque no lo parezca, la reforma también tiene sus defensores) se trataría de pasar de pasar de un proceso obsoleto de evaluación a otro más moderno, donde al alumno no se le valore sólo por su buena memoria, sino también por su creatividad e interés en el enfoque de los temas.

En mi opinión, el problema de éste y otros sistemas avanzados de evaluación que se alejan del criterio tradicional es el mismo que surgió con la reforma universitaria del plan Bolonia, o más allá en el tiempo, con la instauración de la demonizada L,ogse (ley, por cierto, poco leída y peor aplicada), no es tanto el sistema en sí, que en grupos reducidos puede dar excelentes resultados, sino su falta de eficiencia. La asistencia personalizada al alumno durante toda su vida escolar, la formación basada en la experimentación y el trabajo en grupo, y su evaluación mediante un sistema personalizado, exigen de unos recursos que el Estado simplemente no dispone, por lo que se corre el riesgo cierto de que todo se quede finalmente en fuego de artificio.

Por eso, sorprende esa machacona insistencia de nuestra izquierda en bajar el mínimo nivel exigible para enmascarar resultados, cuando lo que realmente necesita el alumno que parte en desventaja es, primero, un título sólido que le sirva para el futuro, y después, ayudas públicas (y privadas) para poder afrontar sus estudios superiores. Todo lo que no sea eso conlleva más desigualdad y diferencia, aunque después nos vendan lo contrario.

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