Señales de humo

josé Ignacio Lapido /

Los Elementos

NO mandé mis naves a luchar contra los elementos". La leyenda popular pone en boca de Felipe II esta famosa frase teñida de resignación y auto indulgencia, supuestamente pronunciada cuando el rey tuvo conocimiento del desastre acontecido con la armada española, aquella que los ingleses, maestros de la ironía, bautizaron como "invencible".

No se puede decir que a Alfredo Pérez Rubalcaba los elementos se lo hayan puesto fácil, y no me refiero a los que conforman una meteorología adversa sino a sus propios compañeros de partido ¡Vaya elementos! Cuando no es la una es el otro y cuando no, los de la moto: el pobre Alfredo no gana para sustos. Carme Chacón, Tomás Gómez, Pere Navarro, la subyugante Amy Martin y otros que tal bailan parecen haberse conjurado para hacer efectivo el naufragio socialista y conseguir que el PSOE, más pronto que tarde, se convierta en un pecio.

Aunque hubiese brillado el sol en los cielos de la Gran Bretaña, la misión que Felipe II encomendó al duque de Medina Sidonia al mando de la flota era de muy difícil cumplimiento. Imposible, como demostraron los hechos. La tarea de Rubalcaba, que no era otra que sacar al PSOE del hoyo, se antojaba igualmente complicada desde el principio. El hoyo que cavó Zapatero tenía profundidad suficiente como para enterrar en él a toda una organización centenaria. Dicen que el mismo día que decidió indultar al presidente de Banesto, Zapatero encargó a un marmolista la talla de una lápida con una sencilla inscripción: "Aquí yace el partido que fundó Pablo Iglesias, víctima de sí mismo".

El lastre que dejó el antiguo líder limitaba grandemente la capacidad de maniobra de su sucesor, y así se certificó en las elecciones con una sonada derrota. Ha pasado más de un año de aquello y la cosa no se enmienda. La muestra más evidente de esta deriva es que el PSOE se muestra incapaz de rentabilizar a su favor el desgaste que sufre el PP.

Ya sea a cuenta de las luchas por el poder, de la autodeterminación catalana, de las ganas de notoriedad de determinados barones territoriales, de antiguos casos de corrupción o de los videoclips subvencionados a mayor gloria del electropop, no hay día que Rubalcaba no se vea obligado a dar un golpe de timón, aunque la sensación es que la nave va sin rumbo, al albur de las peleas internas. Y en esas circunstancias ya no se sabe si asistimos a la proyección de El motín del Caine o de Titanic.

No se trata de colgar del palo mayor al discrepante, simplemente de obligar a todos a remar todos en la misma dirección.

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