La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Enraizados

Yo no envidio casi nada de los pretendidos países avanzados. Si acaso hacer las cosas con más previsión

Comentaba Iker Jiménez en una entrevista que en Granada percibe una magia y un misterio que no se ve en otras capitales. Se debe, añadía, a que por aquí aún no se han perdido los lazos lo esencial del ser humano, sus ritos y costumbres ancestrales que en la vida moderna y apresurada ya casi ni se entienden.

Es verdad. Yo mismo viví lejos de Granada, pero volví a ella. Esta ciudad tan ingrata te atrapa y ya no te suelta. Y es verdad que cuando te vas añoras esta perplejidad de los urbanitas cuando, por ejemplo, vas a los pueblos y compruebas que allí se mantienen costumbres que en las ciudades se perdieron. Nadie falta a un entierro, por ejemplo, aunque les venga mal de hora, aunque no tengan ganas o se llevaran mal con el muerto. Acompañar a la familia es hacer comunidad, demostrar afecto, recordar que se pertenece a un grupo. En las ciudades, con esta asepsia en todo que nos vuelve cada día más mercancía desechable, en cuanto te averías un poco te percatas de que nadie tiene tiempo para juguetes rotos. Ni siquiera los que afirman quererte, ocupados como están en ganar, ganar, ganar, que es lo único que importa aunque no sepas qué, pero tú gana, que algo queda.

Cuando alguien toca estos terrenos de lo invisible, recuerdo porqué me volví yo mismo al sur cuando, casi seguro, me habría ido mejor por el norte. Y es por este sentirme por aquí religado con lo esencia en el día a día, como algo cotidiano y no reservado a los grandes momentos del nacimiento, casamiento y defunción. En el sur seguimos atados aún más a la vida real que a las pantallas, por ahora. Muchos se vienen al sur buscando restaurar sus vínculos con lo primario, saliendo de esos mundos tan automatizados que te acaban transmitiendo la identidad de máquina a ti mismo, volviéndote un robotito más que trabaja-come-duerme-trabaja y de cuando en cuando, hasta siente algo, si le dejan claro.

Valorar lo propio es parte del acierto. Yo no envidio casi nada de los pretendidos países avanzados. Si acaso hacer las cosas con algo más de previsión y, también, que las cosas hasta funcionen. Pero, claro, no tienen gracia. Miren si no que antipático se está volviendo el mundo anglosajón, ¿o no? Y de eso, y de elementos invisibles, de fantasmas que nos alegran la vida, por aquí tenemos para dar y regalar, un rato.

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