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Escuela de actores

Será difícil que estos actores -repletos de infantil orgullo- hagan autocrítica y comprendan que tienen que irse

Convencidos, con toda razón, de que la política se había convertido en mero espectáculo, la mayor parte de los políticos de nuestro actual Gobierno de coalición decidieron antes, para prepararse, que, si querían colmar su ambición, no había, para ellos, mejor escuela de aprendizaje que el teatro. Adquirieron buenas dotes para impresionar en público, les enseñaron a gesticular y a modular la voz, a elegir la vestimenta adecuada para conectar con seguidores y votantes. Todo ello completado con algunas estancias en un plató televisivo. Sin desdeñar un máster, en una escuela de publicidad, que les diera soltura para hilvanar unas cuantas -no muchas- ocurrencias, fáciles de utilizar como eslóganes. Y así, con mucha suerte, pasaron de ensayar en pequeños escenarios a la alta política sin apenas respiro. Porque supieron aprovechar la coyuntura y con envidiable audacia y, bien provistos de egos y narcisos, llenaron sin pudor los huecos dejados por anteriores compañías titulares, ya un tanto envejecidas. Sin el menor pudor, utilizaron un momento de desconcierto político para firmar, con el mayor oportunismo, el mejor contrato. Desde el patio de butacas unos espectadores contemplaban con espanto tanta arrogancia, y otros asistían, resignados, a las peripecias de un experimento, tal como si se tratara de una función de arte y ensayo. De todos modos, se confiaba que, una vez subidos en las tablas, los nuevos actores se integrarían y olvidarían sus iniciales proclamas apocalípticas.

Pero lo que el país pudo permitirse, antes, como un tanteo teatral -un juguete cómico, consentido por tolerancia con unos niños caprichosos- ha cambiado de trama y decorado. El nuevo drama, repleto de nubes y pinceladas negras, arrastradas por la epidemia, ya no admite en escena ese tipo de actores improvisados. Con ideología de manual y eslóganes publicitarios se llena un entreacto, pero gobernar en estos momentos exige políticos menos pendientes de sus ombligos y que sepan gestionar con madurez las dificultades en juego. Y eso no se improvisa cuando se ha tenido como modelo sólo el propio espejo. Será difícil que estos actores -repletos de infantil orgullo y complacidos en el sitial alcanzado- hagan autocrítica y comprendan que tienen que irse. Pero los ciudadanos deben empezar a decírselo, bajarles el telón y devolverlos a la escuela. Como no querrán, hay que plantearse la manera democrática de hacerlo, pero eso ya es otro problema. La extrema situación sanitaria y social lo requiere. Falta un gobierno con menos ideología, con más ideas y capacidad para gestionarlas.

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