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Los Cuatro de la Fama

Uno sospecha, al cabo, que los Cuatro de la Fama se ríen de su propia y triunfante inanidad

Al final, resulta que estos señores lo que querían era un escaño. Un escaño con su pantalla, su cartera de piel y sus vistas al techo abovedado del Congreso. De por medio han ocurrido, sin embargo, algunas cosas. Se ha producido un golpe de Estado, hemos estado próximos a un enfrentamiento civil, se han arruinado algunas, muchas, empresas catalanas, y la sociedad se ha craquelado como la escarcha. También se han universalizado hechos que antes sólo conocía el cogollitoindepe, que diría Proust. Por un lado, la vocación de mártir de don Oriol Junqueras, visitado por el dios de las razas superiores; y de otra parte, hemos sabido que don Jordi Sànchez es un señor bajito con pujos de tiranuelo, que se crece ante las minorías asediadas, ya sean éstas policiales o de gentes de paisano. El hecho, en fin, es que ayer estaban en el Congreso, participando de una democracia en la que no creen, pero cumpliendo, ay, con los protocolos y considerandos de un Estado que los defiende y ampara, principalmente, de ellos mismos.

El Medievo, el Medievo "enorme y delicado" de Verlaine, se inventó Los nueve de la fama para recoger, con aquella deliciosa incongruencia que caracterizó las colectáneas de la Edad Media, a los hombres más valerosos de la Historia: de Héctor y Alejandro y Julio César, a Carlomagno y Godofredo de Bouillón, sin olvidarnos de Arturo de Bretaña y el Rey David, y con el añadido de Josué y Judas Macabeo, para que sumen los nueve. Nuestros Cuatro de la Fama son algo menos valerosos, y sin duda mucho menos memorables, pero es lo cierto que ahí se han presentado, con el arrobo de la izquierda reaccionaria que encarna el señor Garzón, como paladines de la libertad, sojuzgados por un Estado inhumano. Una libertad, por otra parte, que los Cuatro de la Fama pretendían hurtar, no sólo a la totalidad de los catalanes, sino al conjunto de la nación española, siendo así que su fama es la fama deplorable y crasa del infame, y que sus logros obran contra la nobleza y el decoro de cualquier caballería andante.

Cabe preguntarse, claro, de qué se reían nuestros Cuatro de la Fama. Si se reían del Estado democrático, no se entiende por qué ambicionaban representarlo; y si lo que pretenden era hacerse oír en la nación, podrían habernos apeado, hace dos años, de su aventura golpista. Uno sospecha, al cabo, que los Cuatro de la Fama se ríen de su propia y triunfante inanidad. Lo cual es un asunto dramático e inabordable. Por insoluble.

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