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Mirada alrededor

Juan José Ruiz Molinero

jjruizmolinero@gmail.com

Fiesta Nacional sin complejos

Nuestro cainismo ha impedido capitalizar un hecho histórico del que surgió una comunidad de naciones

Hoy, que se celebra en la mayoría de España la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad para muchos países americanos, o como quieran llamar al hecho histórico más importante no sólo de España, sino de la Humanidad, como es el descubrimiento de un Nuevo Mundo, es conveniente recordar que nuestro habitual cainismo ha impedido capitalizar lo que surgió de aquellos momentos que acabó con la creación de una comunidad de naciones, tras lograr su independencia del país colonizador, pero que dejó lazos de sangre que nadie ha podido olvidar, porque aborígenes y colonizadores acabaron fundidos, pese a los que algunos han llamado holocausto de razas, reconociendo los desmanes que sobre ellos se produjeron, aunque tampoco habrá que olvidar que muchos pueblos aborígenes se sintieron liberados de sus crueles verdugos internos. Quizá el recuerdo de esa liberación llevó a acoger tantos ciudadanos, destacados intelectuales entre ellos, que tuvieron que huir de España por la barbarie de la persecución franquista en la guerra civil y los años posteriores del régimen opresor. México, por cierto, fue uno de los países que acogió a tantos exiliados, entre ellos el granadino Francisco Ayala. Los españoles no podemos olvidar la acogida, el respeto y la consideración que le brindaron esos países en momentos tan trágicos.

Sobre diferencias e incluso fricciones puntuales -hace poco el presidente mejicano solicitaba que el Rey pidiera perdón por la colonización- hay algo que nos une, además de los lazos de sangre: la lengua. Que 500 millones de seres hablen la misma lengua ya es un lazo indestructible y sobre ese vínculo insuperable, naciones que hoy son libres -España y el resto de los países iberoamericanos- deberían trabajar más profundamente para crear una comunidad, económica y cultural, con un peso específico en este ruedo internacional en que hoy luchan denodadamente y con intereses egoístas, irresponsables y opresores, potencias enfrentadas en una auténtica guerra como EE. UU, China, Rusia y la UE. Ante esos poderes no sería una fantasía reforzar esa unión de naciones vitales en el continente americano y en Europa.

Cuando la mayoría de países celebran su fiesta nacional, resulta patético y ridículo que nacionalismos excluyentes y grupos sociales y políticos de la rancia tradición cainita española desvirtúen, por ignorancia premeditada, la raíz de la celebración: el descubrimiento de un nuevo mundo. Podemos discutir la fórmula de celebrarlo, pero no la esencia fundamental de la mayor gesta de España y de la Humanidad, que a partir de ahí se abrió a la modernidad, aunque el avance fuese lento y, a veces doloroso. Sin ese Nuevo Mundo, seguiríamos en el Medievo, cosa que aquí todavía algunos añoran, como vemos en las nauseabundas campañas electorales.

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