Paisaje urbano

Frankenstein se despierta

Este Gobierno surgido a medias entre la debilidad y la necesidad empieza a manifestarse tal como es

Hasta ahora estaba ahí, como dormido, como si esa fiereza que se le presumía no fuera más que un prejuicio de clase que todavía no ha derribado la moderna sociedad de la información y las tecnologías. Si acaso, un ronquido en forma de asalto al poder judicial, o un breve rugido inofensivo, como un amago contra la monarquía parlamentaria. Nada que no pueda ser contrarrestado oportunamente con la repetición en bucle del relato, ese que hace descansar sobre los sectores inmovilistas de siempre (la derecha, o sea) la imposibilidad de trazar una amplia base consensual que garantice los derechos de todos en estos tiempos de incertidumbre.

Con el tiempo, y como se podía prever, ese Gobierno surgido a medias entre la debilidad y la necesidad empieza a manifestarse tal como es, mudando su cara más agradable (Calviño, Robles, Escrivá…) que mal que bien disimulada sus fauces, hacia su parte más oscura dejando ver, incluso, su rostro más siniestro. La postergación por ley del español en las comunidades con lengua propia, ya de hecho desde hace años postergadas (y aquí pocos hay que no hayan tirado sus piedras), se queda en anécdota comparada con el deshonroso amparo que la coalición gubernamental ha prestado a Otegui y sus colegas, convertidos de súbito en aliados con sentido de estado (sic) para apuntalar esos presupuestos que en la práctica garantizan la legislatura. En otros tiempos, a las poco contundentes quejas y lamentaciones se hubieran sucedido bajas y dimisiones, pero con un terreno tan embarrado tampoco está la cosa para regalarle el partido al adversario.

En realidad, lo que está pasando no es más que una sucesión coherente de hechos relacionados desde el mismo día en que el Parlamento admitió la moción de censura contra Rajoy. Desde entonces, el Partido Socialista ha decidido abandonar su función de partido hegemónico del centro-izquierda español para unir su suerte a las políticas nacionalistas y radicales de Podemos, apoyadas por las fuerzas separatistas de izquierdas pero también de derechas, pues no fueron otros que los santones burgueses del PNV los que terminaron certificando el cambio de Gobierno. Me dirán que si no fuera de esa forma no estaría ahora mismo en el poder, y es cierto, pero al precio de conseguirlo ofreciéndose al pueblo como la cara amable de un, en expresión afortunada del recordado Rubalcaba, Gobierno Frankenstein.

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