El patio político

Guillermo Ortega

Giraldillo y Nazarí

ÉRASE una vez una chica preciosa llamada Nazarí, nombre que le pusieron sus padres en recuerdo de un reino cuya pérdida hizo llorar a Boabdil. Nazarí tenía como compañero de juegos a un joven gallardo y apuesto de nombre Giraldillo, así bautizado en honor de la bella torre de la no menos bonita catedral de su ciudad. Dicen los viejos que Nazarí, cuando estuvo en edad de merecer, esperó en vano a que Giraldillo la rondara. No habría puesto objeciones para unirse con tan buen partido, mas el muchacho nunca le hizo la corte.

Llegó un momento en que a Nazarí le apeteció tener una relación formal, así que no se opuso a que le tirara los tejos otro chico. Aun siendo mediterráneo, no tenía su punto expansivo, era más bien frío. Pero iba en serio, se le veía formal y solvente, así que la muchacha, ya convertida en mujer, se prometió con él. Al enterarse del enlace, Giraldillo montó en cólera. Un día que se la encontró en la calle, le dijo de todo. Le reprochó que se hubiera ido con otro cuando él podía ofrecerle todo tipo de riquezas. "Y encima abandonas esta tierra que te vio nacer y por la que no has hecho nada", le espetó.

"No es cierto que me vaya, ni tampoco que no lleve en el corazón a mi tierra", contestó Nazarí, que le recordó que sus mejores joyas las tenía guardadas en un arca, justo al lado de una extraña piedra en forma de cubo, y que esos tesoros estaban a disposición de todos. "Me pudiste conseguir y no lo hiciste. Ahora tengo otro novio y me lo echas en cara. ¿Qué clase de tipo eres?", acabó.

Giraldillo, herido en su orgullo, no abandonó la lucha. A todo el que pudo le fue contando que Nazarí era una ingrata y que tenía que ser de él o de nadie. Pero la chica no se dejó arredrar. Apoyada por su familia y sus amigos, siguió paseando a la luz del día con su amigo mediterráneo. Cada vez que los veía juntos, a Giraldillo se lo llevaban los demonios.

Insistió e insistió, hasta el punto que el rey tuvo que intervenir para ordenarle que dejara en paz a Nazarí o lo lamentaría. "Novias no te faltan, confórmate", le consoló.

Este cuento no tiene final. Giraldillo no se ha dado aún por vencido. Pero quienes le ven por la calle, maldiciendo a cada paso, ven cada vez más claro que no tiene nada que hacer. Ha perdido.

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