El duende del Realejo

Granada, hacia un desierto urbano

El Albaicín, el Centro y el Realejo, por ejemplo, se van quedando vacíos y sin risas de niños

Hace más de cincuenta años comenzaba un movimiento demográfico que modificó absolutamente paisajes y paisanajes en los campos de nuestro país y, muy especialmente, en Granada y Andalucía. Además de los intensos movimientos migratorios hacia el norte de nuestro país y hacia Europa, el campo, los habitantes de los cortijos y de los pueblos pequeños, tras haber atravesado con heroicidad los llamados "años del hambre", decidieron por miles de millares ir a vivir a las ciudades. Los campos se fueron quedando vacíos y en pocos años, en aquella década de fines de los cincuenta y todos los llamados "felices" sesenta, la presencia de los tractores vino, también, a sustituir a las recuas de mulas y yugadas de bueyes en los duros trabajos de la labrantía y explotación de las tierras.

En las poblaciones grandes y en la gran mayoría de las capitales provincianas -como gusta a los madrileños de llamarnos- aparecieron las figuras de los porteros en los edificios particulares. Y con ellos, toda una literatura y cinematografía nacional, en la que tampoco eran extraños los taxistas y otros profesionales que realizaban sus trabajos con ese aire fresco, no exento de cierta inocencia y bondad de la "gente del campo".

Las ciudades crecieron y Granada, población entonces -y quizás también ahora- eminentemente provinciana, por apartada de los caminos del progreso y la modernidad, no dejó de ser meta para muchas familias del medio rural, mermando, así, las poblaciones en las que los únicos horizontes no eran sino las besanas que trazaban las yuntas de animales al arar la tierra, cambiando aquello, pelo a pelo, por las calles llenas del ruido de motores de los automóviles, el trajín y las bullas y eso que muchos casi nunca habían sentido la prisa, la necesidad llegar a los sitios con la mayor rapidez, actitud que, los más mayores, no acababan de comprender.

Ahora, al cabo, la gente se marcha de los barrios más antiguos y tradicionales, en los que muchas de sus edificaciones quedan cerradas, deshabitadas y destartaladas en muchos casos, presentando en ocasiones aspecto de ruina. Y la vega, que en derredor circunda a Granada se ha llenado de nuevos edificios en los pueblos. Las parejas de jóvenes prefieren la cercanía urbana del área metropolitana y el Albaicín, el Centro y el Realejo, por ejemplo, se van quedando vacíos y sin risas de niños. Así, más pronto que tarde, el edificio del Ayuntamiento se podrá encontrar en medio de un verdadero desierto urbano. ¡Que triste! ¿O no?

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