Su propio afán

Grano de arena

El debate sobre la maternidad subrogada está siendo transversal en lo ideológico y consecuente con su gravedad

Nada hago con más placer que una reverencia, quitarme el sombrero y ceder de un salto mi sitio al feminismo a la mínima oportunidad. Ahora le admiro la batalla que está dando contra los vientres de alquiler. Ha sabido detectar una ofensa grave a la dignidad de las mujeres y, contra el signo de los tiempos, se ha plantado. A ellas primero aconsejo leer en este asunto.

También desde la izquierda se está denunciando con energía la explotación de los más pobres que supone la llamada gestación subrogada. Quitan-do algún caso altruista que nos meten a todas horas como punta de lanza promocional, el grueso del negocio consiste en que unas mujeres necesitadas les tengan los hijos a los ricos. Las listas de precios y las condiciones laborales son de Revolución Industrial.

El debate en el seno del liberalismo está siendo encarnizado. Los que consideran que la libertad contractual justifica todo frente a quienes sostienen la necesidad de unas normas de juego mínimas para que la libertad no se devore a sí misma. La idea aristotélica del justo medio está justo en medio de este debate. ¿Cabe un exceso de libertad que sea tan liberticida como su falta?

Para ir acabando mi rueda de reconocimientos, los científicos. Como entre los liberales, están los que optan por considerar correcto todo lo que es técnicamente posible y los que entienden que los límites deontológicos son parte esencial de la ciencia. Con la energía nuclear se entiende o con la manipulación genética. En la ciencia, como en la vida, no se puede todo lo que se puede.

Por aportar mi grano de arena a un debate que deberíamos seguir en todos sus frentes, señalaría un trasfondo de vanidad. Los que defienden que hay demasiada gente en la tierra, jamás sugieren que sean ellos mismos los que sobran. En este caso, pasma el orgullo genético de quienes pasan por encima de todo para obtener sus propios hijos. Podrían adoptar, pero la adopción (tan benéfica para los niños) no es una opción, parece, y, por un deseo comprensible que nunca debería ser absoluto, pasan por encima de todos los reparos éticos de la fecundación in vitro y de la maternidad subrogada. Nuestras sociedades caen en la incoherencia de echar a morir al bebé Charlie Gard o de fomentar el abortismo y, a la vez, dar alas al pingue negocio de los vientres de alquiler y a las personas por encargo con la excusa de tanto amor por la vida. Por la suya, sobre todo.

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