El río de la vida

Heridas con categoría

Ahora los niños apenas se caen y casi no saben levantarse. Tienen una infancia más tranquila pero creo que menos interesante

Aquella mañana acudió Ramoncillo con una rodilla llena de un líquido rojo que se llamaba mercromina. Nadie de la escuela de don Diego había visto la mercromina. Ramoncillo tenía una tía que trabajaba en Alemania y estaba en el pueblo de vacaciones. Él se había caído de la bicicleta y la tía le echó ese líquido rojo que todos admirábamos porque le daba a las heridas una cierta categoría. Ramoncillo nos enseñaba su rodilla llena de ese líquido rojo como un héroe enseña su medalla. Resultaba incluso poético. Las heridas con el antiséptico por antonomasia adquirían un estatus visual mucho más noble que el de una herida sin él. Hasta que llegó alguien y se inventó la mercromina incolora. Y se jodió el invento porque las heridas bajaron irremediablemente de categoría.

Aquellas generaciones de niños de los cincuenta y los sesenta teníamos siempre las rodillas llenas de rasguños y cortes. Cualquier caída en busca del balón en las calles empedradas en donde jugábamos o una pelea en el recreo de la escuela podía provocar unas heridas que luego exhibíamos sin recato porque era la señal más clara de que habíamos salido airosos de los peligros que ofrecía la supervivencia. Aunque el verdadero placer estaba en desprenderse de la concha. En esta práctica había dolor, pero era un dolor soportable. Disfrutábamos como marranos en un charco arrancándonosla, lo que provocaba la consiguiente salida de sangre y la aparición, al cabo de unos días, de otra nueva costra. Nuestras madres nos regañaban si nos desprendíamos de ellas, pero la tentación siempre ganaba. No conocíamos la función de las costras, que es de la proteger la herida para mantener alejados a los gérmenes y ofrecerles a las células de la piel la oportunidad de cicatrizar. Sólo sabíamos que nos invadía un extraño placer si nos las extirpábamos, sobre todo cuando empezaban a picar y estábamos aburridos. Un día le oí al escritor Fernando Iwasaki que para no enfadar a su madre, la cual le había prohibido tajantemente que se arrancara las costras de las rodillas, éste se las quitaba primero, las guardaba con esmero en el bolsillo de su pantalón y se las pegaba con pegamento al llegar a su casa.

Ahora los niños apenas se caen y casi no saben levantarse. Tienen la infancia más tranquila, pero creo que también menos interesante. Resultaría curioso saber cuántos sexagenarios o septuagenarios cambiarían su infancia por la ahora. Yo lo tengo claro. Echo de menos la mercromina.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios