Singladuras

alfredo Asensi

Hermida

HERMIDA se muere un poco más eso que alguna vez se llamó periodismo. Asaeteado desde dentro y desde fuera, el periodismo languidece, incapaz de reivindicarse, de rebelarse, de postularse necesario en esta era líquida y horizontal en la que todo lo que era importante se disuelve en un vapor incierto, en la amalgama posmoderna de lo inconcreto y lo maleable, en un blandiblú colorista, viscoso e inofensivo. El poder económico ha derrotado al político, la propaganda al pensamiento, la ocurrencia a la idea y la fuerza comunicativa social de las nuevas tecnologías ha arrojado a un prosaico margen a la informativa profesional, recluida en sus viejas jurisdicciones, superada por el vértigo, un tanto arqueologizada por más que intente adaptarse a los formatos, modos y códigos que imperan, víctima de varias crisis superpuestas, la general, la particular del sector y una más íntima y casi más dolorosa que tiene que ver con la consideración social del periodista y su propia conciencia del oficio. Hay una degradación cultural del periodismo de la que en gran parte son culpables las empresas. Asediada por la dificultad de cuadrar el balance, amenazada desde todos los flancos, incapaz de liberarse de antiguas dinámicas, la empresa periodística (el sustantivo se impone al adjetivo, y ya dijo Azorín que la literatura está en el adjetivo) está expulsando a los periodistas del periodismo, redacciones enteras de periodistas deseosos de dedicarse a otra cosa, de tener alguna vez un sueldo digno, un horario razonable, atribulados en una tensión de prisa y desencanto, soñando, en el tedio diario de la rueda de prensa, el kilometraje de páginas en blanco y las tardes interminables, con el confort provisional de un gabinete de prensa, periodistas que dimitieron de su vocación demasiado pronto, arrojados por la precariedad y la falta de estímulos y horizontes a una desgana vírica, porque Hermida era un estilo pero el periodista con estilo se extingue, el nuevo siglo ha conseguido la domesticación burocratizada del periodista, vomitado hacia una esfera funcionarial, hacia un periodismo administrativo y uniformizado, el periodista ha abdicado de su individualidad creativa, de su potencia personal para disolverse en el caldo de la futilidad colectiva, indiferente al estrepitoso suceso de que los tonos y la mentalidad del periodismo de agencia hayan invadido el periodismo de periódico. El periodista sin médula, sin calambre. Nos hemos creído que hoy cualquiera es generador de contenidos, le hemos dado legitimidad, nos resulta gracioso y, atención, democrático. Hoy el periodista medio es un defensa adaptable y esforzado en un equipo que juega en inferioridad, corriendo mucho, cortando balones, cubriendo huecos, atacando lo justo, firmando el empate, implorando que el árbitro pite el final.

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