Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Indigencia cultural

Que lo cultural lo gestione gente que igual sabe más de pisos o de puentes es otro de los problemas de esta tierra

Hace unos días se manifestaban los profesionales de la cultura para reclamar una solución a su situación terminal derivada de la pandemia. Bueno, y de muchas cosas más. Esta convocatoria me recordó a otra mucho más antigua que se tituló El entierro de la cultura allá por los años noventa. Veinticinco años después seguimos queriendo resucitar a una muerta que se resiste a salir de la tumba.

Dos crisis mundiales y muchos alcaldes más tarde, sólo podemos certificar su óbito final. Aparte de la escasez de infraestructuras culturales, la falta de una verdadera industria en este sector se refleja en la hambruna que asola los hogares donde lo cultural fue un medio de vida: músicos sin bolos; escritores sin cobrar derechos de autor; o actores de camareros o reponedores y dando las gracias. Hambreo para un público que sólo se acuerda del cantaor cuando le confinan y se aburre y, a lo mejor, hasta cae en la cuenta que esos 'bohemios' hasta tenían el vicio de comer.

En países civilizados los trabajadores de la cultura gozan de la dignidad social que aquí se regatea. En esas sociedades (Francia sin ir más lejos, y no digamos Alemania) tener artistas es un bien para la nación. Y se les ampara.

En España, arrastramos mucho de aquel "muera la inteligencia" del tuerto feroz. Nos gusta escuchar buenas canciones pero no aportar para mantener a los que las entonan. Y en Granada, con su mejor poeta asesinado por las hordas del no thinking pareciera que se mantiene ese desprecio hacia los que hacen la cultura mientras que se amortiza su legado, claro.

Con trabajadores de la cultura al borde de pedir en las calles es difícil que se alcance una Capitalidad Cultural que no empieza por donde debiera, es decir, porque Granada sea Meca de artistas en busca de residencia o de intelectuales que dejarían aquí parte de su talento siempre que se les ofreciera un plato de lentejas y algo más de paso, claro.

Que lo cultural lo gestione gente que igual sabe más de pisos o de puentes es otro de los problemas de una tierra donde, no se olvide, las zambras las contrataban los señoricos para sus juergas. Y así seguimos: se pasa la fiesta y la resaca y aquel guitarrista tan fino sigue arrancando notas para disimular los gritos de su estómago entre el gentío en la cola del McDonald.

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