Indignados en campaña

Necesitamos que nos gobiernen sin palabras. Con hechos. Con buenos hechos. Con eficacia y responsabilidad. Nada más

Me indigna. Me indigna construir artículos y referir lo mismo de los mismos aunque cambien sus caras. Aunque no sean iguales. Me indigna violentar el saco de las manidas ideas, el que nos obliga a desconfiar de la realidad dibujada, el que, apenas quince días antes de cada llamada a las urnas, intenta vender prodigios por las calles. Vamos, como si por un instante fueran aquel afilador de mi niñez que con su chiflo nos encantaba a cuantos corríamos tras la pelota, mientras se alejaba en su bicicleta tras el ruido de su extraño instrumento.

Puede que sea como proponía el afilador: llamar la atención. Sentirse mediadores de un pacto ficticio, reconocerse socialmente indispensables y de participación ineludible, el brujo de la tribu, el que porta conejos bajo su chistera. Orgullo y vanidad siempre detentaron esa condición tan humana. Lo verdaderamente malo es que, con el paso de los años, con la madurez de nuestro sistema democrático, ya ni los cuchillos los afilan en la calle, ni los consagramos indispensables, ni los brujos están bien vistos en la tribu, ni hay conejos en la vieja y maltrecha chistera. Diría yo que el desgaste acelerado del sistema tiene eso: la pérdida de credibilidad de los discursos, la perdida de carisma de nuestros políticos.

Necesitamos, necesitan, alma. Alma para coexistir, para poner a salvo al menos su dignidad personal, para dar luz en los setos oscuros de la vida pública. Necesitamos que nos gobiernen sin palabras. Con hechos. Con buenos hechos. Con eficacia y responsabilidad. Nada más. Alejados de su ego. A veces pienso si en cambio, nosotros, los que les empujamos con nuestro voto al triunfo, debíamos dejar de conducirnos en la vida por un guión más repleto de esperanzas en lo que nos cuentan, que de juicio sobre lo que nos dicen. Aquello de que el enemigo más terrible de la democracia es la demagogia, que dijo Croixet. Tiempo después, a la incipiente por entonces demagogia, se añade la mentira pasajera, el gabinete de imagen, y la noticia falsa.

Apenas quince días restan para la convocatoria local, y circulan por las calles nuestros flautistas de Hamelin, los que pretenden encantarnos a cambio de votos, los que antes de elecciones no pierden sonrisa. Siempre les pedí que, apenas quince días después de elecciones, no la perdieran; que mantuvieran la misma disposición para explicarnos su acción política, la misma elocuencia y nitidez en la defensa de los proyectos prometidos justo el mes anterior. Lo contrario era caer una y otra vez en el mismo lodazal.

Y eso hacían. Una y otra vez. Por ello, no hay culpables en los extremos. Están en el centro, en quienes se apropiaron del voto con permiso del sistema, con engaños. De ahí la indignación. La de muchos. Antes por la izquierda. Ahora por la derecha. Unos tardan más que otros en sentirse defraudados. En indignarse. Pero no son los culpables. Nunca lo serán.

Yo en cambio, sigo creyendo en el sistema. En que hay voluntades capaces de enderezar el rumbo, de enseñarnos lo bueno de la democracia, de conducirnos en paz, de hacernos sentir que, vengamos de donde vengamos, todos cabemos. Hay noches que me siento un iluso. Hoy es una de ellas.

Y me indigno. Y me indigno.

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