Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Lady Violet

Entre todos los personajes de 'Downton Abbey' sobresale la condesa viuda, que interpreta magistralmente Maggie Smith

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en el cine. Downton Abbey no es una obra maestra. Es otra cosa: un joyel, un suave y exquisito soplo de elegancia. El guión de Julian Fellowes funciona como un engranaje perfecto entre una sociedad que se disipa -encarnada por las viejas generaciones de la familia Crawley y parte del servicio, que transitan como epígonos perdidos de la era victoriana- y los jóvenes, arriba y abajo de la mansión, anhelantes del nuevo mundo que llega a pasos agigantados. Pero entre todos los personajes, dibujados con pulso preciso y una amplia paleta de aristas y matices, sobresale la condesa viuda, a quien da vida magistralmente ese mito de la actuación que es la impagable y excepcional Maggie Smith. Es ella quien convierte a Lady Violet en un personaje de leyenda. Hay actrices que llenan un plano con una mirada o una media sonrisa y no necesitan ni siquiera diálogo, pero la ironía y la clase con la que identificamos a la serena matriarca serían imposibles sin el guión de Fellowes, la interpretación de Maggie Smith y su modo de lanzar puyas con tanta distinción como claro escepticismo y natural desidia.

Lo malo de ver una película tan refinada oliendo a palomitas -esa maldición de las salas- y oyendo como algunos sorben los refrescos con una pajita, es que te dan ganas de imitar al protagonista de La rosa púrpura de El Cairo y saltar dentro de la pantalla. Aunque sólo sea para disfrutar de una conversación banal exenta de mal gusto, maldiciones e improperios; beber una ginebra en un vaso de cristal tallado o compartir la biblioteca con señores que saben que es el tweed y se fuman un habano sin sufrir el estigma de la presunción de delincuencia que hoy rodea a los fumadores.

Lady Violet es, además, la personificación del pragmatismo inglés. Acepta el cambio con resignación -"primero la electricidad, ahora los teléfonos… Me siento como si estuviera viviendo en una novela de H. G. Wells"-; no soporta a los engreídos -"me pregunto si tu halo no te resulta pesado, debe ser como llevar una tiara todo el día"- y defiende que la elegancia sólo puede ser fruto del equilibrio -"la falta de compasión puede ser tan vulgar como el exceso de lágrimas"-; y todo ello, practicado con la gentileza de un Médici. Sé que estamos en campaña electoral pero como, en palabras de Lady Violet, "la vulgaridad no es sustituta del ingenio, prefería tratar asuntos realmente interesantes".

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