El lanzador de cuchillos

Lágrimas en la lluvia

"Maldita sea mi suerte/ mi mujer me ha sorprendido/ en la cama con la muerte" (Luis Alberto de Cuenca, 'Soleá')

Estábamos todos, Pedro, no faltó nadie. Tu familia, tus amigos, los amigos de tus amigos, las novias de tus amigos y de los amigos de tus amigos. Los vecinos de todos los barrios donde viviste o te convidaste. Tus cuates de toda la vida. Todo el mundo. Parecías un muerto famoso, cabrón, pero no se muere uno así, sin decir ni pío, que nos pillaste en el baño con los pantalones por las rodillas, sacando al perro, con el ticket del parking en la boca, puto guasap.

Estábamos todos, Pedro, pero ni apretados podíamos sacudirnos el frío. No era el frío de la infancia ni el de tantas madrugadas juveniles que se apuraban con un gin lemon y un cigarro en la puerta del Planta o del Local de Puentezuelas. No, era un frío distinto, duro y opaco como el cristal del miedo. Porque pasamos por la vida ignorando la advertencia de Pavese -"para todos tiene la muerte una mirada"- y hoy una mujer tortura sus cabellos frente al espejo y no entiende por qué se rompió tu corazón de campanario en fiesta.

Estos días he recordado, viejo amigo, cuánto te quisimos, cómo os admiraba. Yo tenía doce años y quería ser como vosotros, los mayores, que bebíais quintos de Mahou en los billares Enguix, escuchabais Radio 3 y hacíais maratones de cine hasta el amanecer en el porche de tu casa. Con el tiempo logré ser uno de los vuestros, aunque luego la vida y algunas mujeres me llevaron a las barras de otros bares. Pero sabía que eras mi tronco y con eso bastaba.

Para mi cuarenta cumpleaños me regalaste una edición especial de Blade Runner, tu película favorita. O una de ellas. El martes, al volver del cementerio, me puse de nuevo a Rutger Hauer en la mítica escena final: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia...". Ya sabes cómo acababa. Pero se equivocaba el replicante Batty: no, querido amigo, no era todavía la hora de morir.

Y, sin embargo, te has muerto, y tu mujer y tus hijos -qué extraordinaria dignidad- han donado tus órganos en un intento desesperado de retenerte, de no dejarte marchar del todo: ahora te adivinarán detrás de la sonrisa de cualquier paseante y en la alegre camaradería de los parroquianos de la bodega de Antonio. Donde esta noche los amigos nos hemos soplado un par de botellas de Tío Pepe, a tu salud, querido Pedro. Y que la negra muerte te quite -nos quite- lo bailao.

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