Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

'Mad Max' Versión española

Pensar el futuro es un sano ejercicio que todos deberíamos realizar. Es fundamental para cualquier organización saber a dónde quiere ir y, sobre todo, cómo y cuándo quiere llegar. Empresas, instituciones y, lógicamente, también los países, han de establecer un debate constante sobre la mejor forma de caminar juntos hacia un mañana mejor. Pero no basta con imaginar qué queremos. Desear ser el mejor, que la nuestra sea la empresa que más facture en diez años o que el niño apruebe notarías de mayor no son más que deseos. Hay que marcar hitos y plazos, definir cómo conseguirlos y, sobre todo, trabajar con eficiencia y esforzarse en cumplirlos. Confundir un sueño con un objetivo es uno de los principales y más habituales errores de la gestión política y empresarial.

He leído con atención el documento España 2050 y la primera conclusión que saco es que lo que se nos ofrece es una distopía. Cualquier plan estratégico, incluso reconociendo la dureza o complejidad de la situación de partida, lo que define es la forma de sentar las bases del desarrollo social, político y económico de una sociedad. El diagnóstico parece sacado del más absoluto y errado maltusianismo posmoderno. Y si bien los desafíos planteados -productividad, mejora de la formación, reducción de la pobreza, etc.- son más que loables, el plan adolece de proclamar un añejo y apolillado estatismo, tan del gusto de una parte importante de la izquierda y derecha españolas. Lamentablemente, en España se sigue creyendo más en el rebaño adocenado que necesita al estado como actor económico privilegiado que en el propio individuo. Todo el documento sólo busca justificar la imagen del estado como planificador y generador de políticas económicas. No hay visiones contrapuestas, ni planes alternativos. El determinismo del plan puede resumirse en una sola frase, más estado y menos mercado. Y por tanto, más intervención y menos libertad; más dirigismo y menos iniciativa. Y sobre todo, más control estatal.

Lo ridículo es que el escenario final deja en mantillas el mundo distópico y apocalíptico de Mad Max. Antes, el estatismo nos pintaba un futuro idílico a cambio de nuestra libertad. En este Plan, ni siquiera eso. Me temo que, si esta es la Tierra Prometida del Gobierno, ¿qué necesidad hay de esforzarse para acabar hacinados, empobrecidos y hambrientos? Carpe diem y, como diría el castizo, que el que venga detrás arree.

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