Paso de cebra

josé Carlos Rosales

Malos olores

LOS medios de comunicación se están haciendo eco de las tribulaciones de ciertos personajes públicos que, al ser investigados por la policía y los jueces, terminan (provisionalmente) encarcelados. Hemos recibido sus fotos, sus declaraciones o silencios, su entrada en la prisión, sus cuchicheos con abogados o asesores, cómo se subían apresurados en un coche de lujo o consultaban sus relojes de oro en la puerta de un juzgado o a la salida de algún aeropuerto. Antes de entrar en la prisión de Soto del Real, salían en la televisión con bastante frecuencia, nos enredaban con su ingeniería contable y predicaban 'trabajar más y cobrar menos' como vía para salir de una crisis (económica y política) con la que ellos mismos se habían lucrado mucho y divertido tanto. Todos conocemos sus nombres, sus vidas y milagros: Miguel Blesa (expresidente de Caja Madrid), Gerardo Díaz Ferrán (expresidente de la CEOE y antiguo propietario de Viajes Marsans), Ángel de Cabo (colaborador de Díaz Ferrán y factótum de Posibilitum Business, empresa especializada en trapicheos contables), Iván Losada (director general de Nueva Rumasa, colaborador de Díaz Ferrán y experto en contabilidad ruinosa) o Luis Bárcenas (extesorero del Partido Popular y frecuente turista económico en Suiza).

Y entre todas esas informaciones, una de las que más me ha llamado la atención ha sido la que se refería a la descripción de la vida carcelaria de estos tipos tan soberbios y orgullosos: diez llamadas semanales de cinco minutos, un máximo de 100 euros cada semana para gastar en el economato de la cárcel y una visita semanal de cuarenta minutos a través de locutorio; una celda de 10 metros cuadrados compartida con otro preso y dotada de una litera, estanterías, mesa, dos sillas, una ducha, un váter, un lavabo y una pequeña ventana; lo más llamativo es que el baño carece de puerta, así que los presos carecen de intimidad fecal. Y en esas celdas pasan 12 horas cada día. Si nos dejamos llevar de nuestros impulsos más irracionales, nos alegrará esa situación humillante. Pero si lo pensamos un poco, no es fácil comprender las razones por las que los presos se han de atufar los unos a los otros con lo peor de sí mismos. Es cierto que con sus tretas financieras estos tipos han llenado de mierda nuestro país. Pero sus compañeros de celda no tendrían por qué soportar sus peores olores. ¿Para cuándo una puerta que nos defienda de tanta peste inmunda y ajena?

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