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Mano de hierro

Los asistentes creen más en la iniciativa individual que en lo colectivo y eso se acaba notando

La calle Mano de Hierro es bocacalle de San Juan de Dios. Se llama así porque en ella habitaba un militar aristócrata de carácter autoritario que tenía ese apodo. El militar se llamaba don Cristóbal Fernández de Córdoba y estaba emparentado con don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Don Cristóbal falleció en 1617, así que no sabemos qué le habría parecido la gestión de la pandemia. El otro día me crucé por su calle con una pareja que se dirigía a la concentración de las nueve en Puerta Real. Blandían una bandera de España y dos cacerolas y me pregunté si el fantasma de don Cristóbal los acompañaría a la protesta, si pudiera.

Pues claro que acudiría, pensé. En vez de cacerola portaría un yelmo bajo el brazo y lo golpearía con la mano, enfundada en un guantelete o manopla de hierro para hacer honor a su nombre. Se presentaría acompañado por otros fantasmas de abolengo que reposan en Granada: doña Isabel I de Castilla, don Fernando II de Aragón, doña Juana, hija de aquellos, y el Gran Capitán, que repartiría queso. Don Felipe el Hermoso no acudiría. No le interesan las cosas de los españoles y prefiere, cuando puede, descansar un rato de su familia política en la soledad de la Capilla Real.

A don Cristóbal, Mano de Hierro castrense, le sorprende lo mal organizado que está lo de Puerta Real y se pregunta cómo gobernarían sus afines, si no son capaces de organizar en condiciones ni una revuelta. El Gran Capitán le explica que los asistentes creen más en la iniciativa individual que en lo colectivo, y que eso se acaba notando: "así quieren organizar también la sanidad y la educación". Don Fernando pregunta: "¿Pero no eran estos los que pedían mano dura?" Doña Isabel responde: "Eso era al principio, cuando el Gobierno no intervenía. Ahora quieren cambiar el nombre de la calle Mano de Hierro por el de 'Mano Invisible', y llamar 'Adam Smith' a la de San Juan de Dios". Don Fernando se muestra decepcionado con los suyos: "¿Esto que vemos es lo que llaman liberalismo? ¿Libertad para amontonarse, para coger el virus y pasárselo a otros?"

Don Gonzalo se alegraría de que cayera el Gobierno, pero le irrita que los manifestantes griten "libertad, libertad": "¿Ya no gritamos 'vivan las caenas'?" Doña Juana lo tranquiliza: "Dale a la manopla, Gonzalo, que lo que digan da igual. Se trata de echar a los perroflautas para que manden otra vez los nuestros".

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