Festival hoy

Gonzalo Roldán Herencia

Mariola

T arde de ensayo en el Teatro José Tamayo. David Parry ya está frente a la OCG y su coro, indicando algunas matizaciones de tempo y carácter, cuando, de repente, una risa cascabelera llena la sala. Era ella, Mariola Cantarero, que acudía a escena para ensayar los números de conjunto. Sentada junto al director con aparente displicencia, sigue atenta el ensayo mientras agita su abanico en un justificado gesto, pues esa tarde el mercurio ha llegado a los treinta grados. Parry da la entrada. De repente, un hilo de voz cristalino y diáfano surge de la masa orquestal, convirtiendo todo lo demás en secundario: Mariola, risueña, ha comenzado a cantar. Hay veces que una sonrisa puede decir mucho de una persona; si esa sonrisa es cálida y sincera, nos descubre la belleza interior de quien la luce sin tapujos. Esto es lo que ocurre con Mariola Cantarero, la soprano granadina que esta noche actuará en el Palacio de Carlos V. Estará arropada en el escenario por el Coro y Orquesta Ciudad de Granada, mirando de frente y con decisión a la ciudad que la vio nacer y la contempla en su ascenso .

Es maravilloso y digno de reconocimiento el progreso que la voz de Mariola Cantarero ha experimentado en la última década. Desde que en 2001 debutara en el Teatro Comunale de Génova, esta estrella del belcanto se ha definido como una de las sopranos españolas de mayor proyección a nivel internacional por propios méritos. Es verdad que su voz era ya sorprendente cuando todavía era una estudiante y hacía sus pinitos en el Manuel de Falla. Pero la voz que hoy se presenta ante el público del Festival es un instrumento perfectamente formado, rico en armónicos y matices, y maduro en cuanto a la concepción estética del repertorio. Hace tiempo que dejó de ser una promesa del canto para convertirse en una realidad, en una figura relevante de la lírica. Y sin embargo, cuando acude a su Granada natal no lo hace con aires ni divismos; por el contrario, se comporta con naturalidad, desplegando el gracejo que siempre la caracterizó y presentando la misma calidad humana de aquella jovencita que diez años atrás partía entre miedos e ilusiones a debutar en un teatro extranjero. La genialidad del artista no reside solamente en su calidad técnica, sino también en la bondad humana. Mariola es un excepcional ejemplo de ello. Bienvenida a casa.

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