Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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Matar al padre Estado

Mis hijos están resultando mucho más considerados que los políticos a la hora de "matar al padre"

Estoy muy agradecido a mis hijos por la sutileza con la que ahora, pasada su infancia y adolescencia, siguen "matando al padre", a su padre. Se lo pongo fácil. Soy un vicioso de los todo a cien. Y traigo a casa los objetos más peregrinos e inútiles que imaginarse puedan. Sobre todo de cocina. Un sacapuntas de zanahorias, un deshuesador de cerezas, un liposuctor de yemas de huevo, un colador de las claras; diversos e inservibles cortadores de papel film y de aluminio, botellas enormes con grifo, que casi no caben en la nevera, para llenar los vasos de agua helada en verano, pela ajos, rompenueces: cascapollas, en definitiva. Ellos llegan al reino perfumado de mi cocina y en lugar de ensañarse freudianamente con su padre, la toman con esos objetos preciados de los chinos que son para mí una autentica metadona del consumo. Ahí se queda todo. Al final hasta transigen con que cuelgue las bolsas de plástico de una artilugio de alambre que a su vez he fijado en los azulejos con unas ventosas súper adhesivas. Nada que ver con los embates que el padre Estado tiene que soportar de los que tendrían que cuidarlo con más mimo: los políticos. En España nadie se ha ocupado en serio de construir un Estado democrático fuerte. Después de la muerte del dictador, la derecha, que había ganado una guerra, no estaba para sutilezas democráticas. Han pasado 43 años y, parte de ella, sigue pensando que España le pertenece por derecho de herencia y de conquista y que la democracia es un puro formalismos para mantener atada y bien atada la propiedad de una finca que siempre han considerado suya, y más, después de habérsela arrebatado a las hordas rojas. Y los partidos comunistas, anarquistas y socialistas, deslumbrados, en su día, por los fulgores de la revolución rusa, pensaron que, cuanto más debilitado y fragmentado estuviese el Estado, más fácil resultaría asaltarlo. De ahí su apoyo a la autodeterminación. Esto, más una cierta tendencia de los naturales del país a hacer siempre lo que nos viene en gana, ha desembocado en la situación presente, en la que los hijos más preclaros del Estado se emplean en rematarlo, por partes. Escupiéndole a diario a sus tres Poderes que, de funcionar correctamente, deberían estar orientados a servir al ciudadano, a resolver conflictos e injusticias y hacer de airbag de la violencia.

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