El duende del Realejo

La Mentira y el Poder

Gobiernos como el de Sánchez, que se suponían efímeros, hacen lo que les da la gana porque no obedecen a programa alguno

La mentira, la falsedad, el embuste o el engaño, como queramos llamarlo, es práctica en el ejercicio de la política desde que se tiene memoria. Aunque, también desde siempre, esta actitud innoble y desleal, ha merecido la reprobación de la ciudadanía. Su uso se ha extendido por todos los ámbitos y espectros, sin excepción. Sin embargo, no porque esa deleznable, despreciable práctica sea generalizada entre los políticos, deja de ser menos reprobable, llegando a conseguir, muchas veces, confesada o inconfesadamente, el merecido desprecio y desapego general hacia los que la ejercen tratando -malévolamente- de confundirla siempre con algunas verdades y a conveniencia de quien hable, diga, proponga o, a lo peor, prometa.

Circulan por las redes sociales informaciones que recuerdan al respetable algunos de esos embustes, dichos por Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno de la Nación antes de ser tal, que contrastan con especial fuerza con la realidad que practica ahora y con su modo de ejercer el poder, a golpe de decreto y procurando orillar al Parlamento, porque, como dice el refrán, "una cosa es predicar y otra dar trigo". Y de eso da poco este joven. Lo malo de estos gobiernos que se suponía -según promesa del propio Sánchez- que iban a ser efímeros -hasta convocar de nuevo elecciones y cuanto antes- es que, como no obedecen a programa alguno, hacen lo que les da la gana, hasta de manera filonepotista. Así que todo depende del pie con el que cada mañana se levante el señor presidente de su mullida cama en La Moncloa y manteniendo tozudo secreto sobre los términos -¿inconfesables?- por los cuales obtuvo el apoyo de Podemos y de Los Separatas vascos y catalanes, que llevan siglos chupando del Estado a cambio de ser bisagras de conveniencia, sin producir bien general alguno.

Habíamos llegado a creer que, con aquello de La Transición, los españoles iniciábamos una etapa nueva, en la que dejaríamos las cosas de la Guerra atrás y miraríamos hacia el futuro, todos juntos -aunque diversos- e iguales en derechos y obligaciones que garantiza la Constitución de 1978, tan útil para llegar hasta estas fechas que vivimos y tan inútil -según algunos muy concretos e interesados- para proseguir andando el tiempo, juntos de aquí en adelante. ¡Cuán engañados estábamos!

Ahora, la izquierda -o cierta izquierda- se empecina en resucitar a los muertos -sólo a algunos- los suyos. Y a Franco, que les debe preocupar muchísimo, según se aprecia. Lo malo es que sacando tanto muerto se pueden despertar, también, a muchos fantasmas del pasado. Pero eso lo habrán calculado. ¿O no?

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