Militantes en el propio cabreo

A la hora de votar, meto la papeleta que creo que más daño puede hacer a quien ha traicionado sus principios

En la Universidad, gracias a un amigo comunista prochino, me apunté a la Joven Guardia Roja, que antes habían sido las Juventudes Universitarias Revolucionarias. Una misión que me dieron en aquel colectivo fue vender entre mis amistades pequeños discos de vinilo con el último discurso de Salvador Allende en la Casa de la Moneda. Lo que saqué de aquella aventura izquierdosa es que me trincaron en una manifestación -en aquellos tiempos en que eras un héroe si corrías delante de los grises- y al año siguiente me quitaron la beca que tenía porque para renovarla debía de presentar un certificado de buena conducta. Y evidentemente yo, a partir de entonces, no la tenía.

Después, ya con la democracia, voté a los socialistas y acepté la socialdemocracia porque consideré entonces que ese era el camino que había que recorrer si queríamos alcanzar tanto la libertad como el bienestar social. Luego transité por un largo camino de nadie hasta llegar ahora, que soy alguien que no cree en los políticos porque pienso que la mayoría buscan el bien personal, que ponen por encima del bien público.

También pienso que si después de los vomitivos casos de corrupción que se han dado y los escandalosos cambios de chaqueta que se producen siguiera creyendo en la política, estaría muy cerca de la majadería. Ahora tenemos un nuevo gobierno que es una jaula de grillos, un remiendo de personas sin rumbo fijo que solo pretenden tocar poder y barrer para casa.

Los extraños acuerdos a los que han llegado solo servirán para remover la ciénaga en la que se asienta la política española. Me considero, eso sí, una persona liberal y de talante abierto dispuesto a escuchar todas las teorías posibles. Por eso milito en mi propio cabreo y a la hora de votar, si lo hago, meto la papeleta que creo que más daño puede hacer a aquel que ha robado, ha mentido o ha traicionado los principios de los que ha presumido.

Veo el vacío del mundo y me deprimo bastante, pero trato de no caer en ese vacío. Por eso juego a menudo con mis nietos, compro lotería creyendo que me puede tocar, me regalo libros que me agradan, degusto de vez en cuando unas habichuelas con oreja o me bebo una botella de buen vino con buenos amigos que no hablen mucho de política, solo lo justo para no cabrearnos. O eso o pegarme un tiro. Y, la verdad, no estoy por esa labor.

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