El termómetro

ENRIQUE NOVI

Miseródromo

LES doy a todos por enterados del demoledor informe que presentó la semana pasada Cáritas, esa organización de extrema izquierda radical vinculada a la Iglesia. Confieso que en un primer momento me preocupé al ver las cifras, pero me quedé mucho más tranquilo cuando salió Montoro, al que agradezco ese tono condescendiente con el que explica las cosas para que hasta los menos preparados podamos entenderle, a desmentir que fueran ciertas. También he leído que somos el país con mayor pobreza infantil de Europa, solo superado por Rumanía; que según el índice Gini solo Letonia supera a España en desigualdad; que los recortes y la subida de impuestos se ha ensañado con los más desfavorecidos, más que en ninguna otra parte y que por eso aumenta la exclusión social, según el último informe de la Comisión Europea; que durante la crisis el número de ricos ha aumentado en España en 47.000 personas, según un informe de Credit Suisse, otro colectivo ultracomunista; que tenemos la valoración más alta en desigualdad, incluso por encima de Letonia o Rumanía, según Eurostat; y que según otro organismo tan sospechoso como la OCDE, las rentas más bajas han perdido un 33% de su capital, que el 30% de la población más rica recibe más ayudas que el 30% más pobre y que, insisto, según la OCDE, "el retroceso de las rentas más bajas no ha sido tan acusado en ningún otro país desarrollado". El panorama sería dramático… de ser cierto. Menos mal que el ministro se ha apresurado a desvelarnos la verdad.

El demagógico informe de Cáritas incidía en el hecho de que con el dinero que va a costar rescatar a las autopistas ruinosas que promovió Aznar podría paliarse la situación de pobreza extrema de los 700.000 hogares sin ingresos que existen. A eso Montoro replicó con una alusión a la naturaleza antiliberal de las economías centralizadas y dirigidas de los regímenes comunistas. Yo lo veo claro. Dedicar recursos a los más pobres es intervencionismo estatal incompatible con el sistema de libre mercado; dedicarlos a las grandes empresas es sano liberalismo. Modestamente, me gustaría proponer una idea. Así como para resolver el problema del botellón nuestro alcalde inventó el botellódromo, e igual que para evitar las molestias que ocasionan las manifestaciones Botella ha sugerido la creación de un manifestódromo, ¿por qué no idear un miseródromo donde amontonar a los pobres, y con ellos a los apocalípticos que niegan la recuperación? Puede que España acabara pareciéndose a la Palestina ocupada, pero a cambio las personas decentes podríamos pasear e ir de comprar a la milla de oro sin tropezar con los desagradables mendigos que distorsionan nuestra realidad y afean nuestras calles.

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