Mirada alrededor

Juan José Ruiz / Molinero

Moscoso, luz de modernidad

TIENE Granada tal volumen de creadores vivos o desaparecidos -artísticos, literarios, musicales, etcétera- que más que una enciclopedia o un museo necesitarían una ciudad capaz de abrir sus puertas, ventanas y balcones para que pudiéramos disfrutar de esa riqueza excepcional que, de vez en cuando, sale a la luz, en exposiciones actuales o antológicas. Ocurre con Antonio Moscoso, desaparecido hace dos años, y que ahora, en la sala Gran Capitán, podemos recordar y degustar su arte múltiple y variado, viajero y cosmopolita, cercano y vivo, que es no sólo un regalo de esa luz de Granada que impregna la obra de todos sus artistas, clásicos o abstractos -la luz que no falta siquiera en las telas metálicas de Rivera-, sino por lo que siempre ha representado de faro inquieto de la modernidad plástica de una ciudad.

Los que tuvimos la suerte de seguir la carrera artística de Antonio Moscoso, junto con su amistad, podemos continuar sorprendiéndonos, hoy, por tantas facetas que se nos revelan cada vez que contemplamos su obra: su cromatismo sereno, el poder evocador de la línea, más sugerida que contundente, como si más que a la mirada, fuera al corazón. Ciudades -Granada, Nueva York, Venecia, París-, ese Albaicín que parece sacado de las notas de la Iberia, de Albéniz, o de los versos de Rafael Guillén, rostros, carteles -los geniales de los primeros festivales de música y danza-, todo en una constante búsqueda de formas, colores y matices, que lo hizo rompedor y adelantado de la modernidad que va con la misma nota inquieta de la Granada más universal.

Alegra que artistas recientemente desaparecidos se asomen, con esa vitalidad de obra que parece recién terminada, al público de la Granada de los olvidos prematuros. Alguna vez habría que institucionalizar -en los periódicos o en las salas de exposiciones habituales, no sólo en los museos- el mantenimiento de la memoria creadora de una ciudad. Ahí están los Rivera, los Maldonado, los Moscoso, los Capulino, los Rodríguez Acosta, los Morcillo, los de tantos pintores, escultores, dibujantes, arquitectos que están olvidados en enciclopedias o en fondos de museos inexistentes, pero que, al morir, y al no promover ellos mismos sus exposiciones, parecen que no hubiesen existido jamás.

Si Granada se olvida de los vivos, ya me dirán el recuerdo que se le presta a los que han construido nuestro legado más valioso que ilumina los nuevos caminos. No debería ser ocasión sólo de conmemoraciones puntuarles la atención que merecen. Las miradas han de tropezarse, con más frecuencia, con estos balcones abiertos que pedía Federico, no sólo para que entrara la luz de la ciudad, sino para que saliera el resplandor de los que en ella han creado tanta obra bella e inmortal. Como Antonio Moscoso.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios