Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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Movimiento, Cambio y Libertad Nacionales

'Movimiento, Cambio y Libertad', palabras que hemos ido vaciando de significado. Baúles llenos hoy de deshechos

No estaba falto de razón Gil de Biedma cuando escribió: "¡Oh innoble / servidumbre de amar seres humanos, / y la más innoble /que es amarse a sí mismo!". Porque puede suceder que cuando hablamos de la excelencia de nuestros maestros estemos más interesados en pregonar nuestra propia excelencia como alumnos que la suya. Tengo que tener cuidado y no amarme tanto como para no reconocer la suerte que tuve de ser alumno de don José Barrio durante un curso en un instituto de Jaén y de que, aquel eminente pedagogo, nos explicara la idea de libertad desde los presocráticos hasta Spinoza. A él debo también el haber conocido de primera mano el concepto de cambio y como todo fluye y como no nos bañamos dos veces en las aguas del mismo río. Y, también, la paradoja de Zenón de Elea que nos dice que nada cambia y que el movimiento es un engaño de los sentidos. Barrio daba Matemáticas a los de ciencias, en PREU, porque se había licenciado en ellas, y en griego, para leer en su lengua a los discípulos de Pitágoras y a Platón. Don José murió joven y fue enterrado al pie de un olivo singular que compró en Jaén. Sus enseñanzas me han permitido saber que el Movimiento Nacional era un espejismo pétreo, que la libertad es más un deseo que una realidad alcanzable y que el cambio suele consistir en que todo siga igual, fingiendo que cambia. Doña Celia, la catedrática de Latín, escenificaba sobre la tarima del aula las evoluciones de los augures romanos en busca del lugar adecuado para fundar Roma. Maestra indiscutible, nos enseñó en un curso a traducir Ab Urbe condita sin diccionario y a no desorientarnos. Embutida en una falda tubo negra, se giraba hacia cada uno de puntos cardinales, como augur latino en busca de Siete Colinas que arropasen a la Ciudad. El Latín, con la belleza de un cuerpo armónico en movimiento, nos entraba mejor. Don Luis Márquez, nos llegó de Francia en 1961 con un vinilo de Brassens. Gracias a la Chanson pour l'Auvergnat, aprendimos lo que era la compasión: dar calor al aterido, pan al hambriento y asilo al emigrante. Estos inmensos maestros, me vacunaron contra la estupidez de creer bello, lo feo, de llamar compasión al cálculo interesado, movimiento a lo varado, libertad a la necesidad y cambio a lo de siempre. ¡Gracias, profes! ¡Qué buen hombre hubiera sido yo, de haceros más caso, orientado por vuestra luz!

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