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El lanzador de cuchillos

Muñoz Molina

Su figura se alza como un coloso en una escena pública española demediada y empobrecida

Recuerdo la portada de un País Semanal de los ochenta -era yo adolescente- en la que aparecía Muñoz Molina apoyado en una columna de la Facultad de Traductores de Granada, en la esquina entre Puentezuelas y Santa Teresa. Años después, lo veía casi todos los domingos, subiendo la cuesta de la Avenida Cervantes con la bolsa del pan y los periódicos, mientras yo esperaba a mi novia de entonces en su portal. Servidor era un veinteañero aficionado a la prensa y las novelas y ya le tenía un respeto, -había leído El invierno en Lisboa y no me perdía sus artículos periodísticos-: por eso nunca me atreví a decirle nada.

He seguido con creciente admiración su trayectoria posterior -su marcha a Madrid, su pasión neoyorquina- y me he alegrado íntimamente de que al paisano -aunque es de Ubeda, los granaínos siempre lo hemos considerado uno de los nuestros- le fueran bien las cosas. Aquel joven curioso y amante del trabajo bien hecho se ha convertido con los años en un gigante, en el faro de una sociedad desnortada, huérfana de mentes lúcidas y desierta de honradez. La figura de Antonio Muñoz Molina se alza como un coloso en una escena pública española demediada y empobrecida, dominada por políticos maniobreros y medianías intelectuales.

Valiente y de una independencia insobornable, el académico disecciona en buena parte de su obra narrativa y periodística la España de nuestro tiempo. ¿En qué momento se jodió el Perú?, se pregunta Zabalita, el personaje de Conversación en la Catedral, radiografía de un envilecimiento colectivo. AMM traslada la pregunta a España. Y la búsqueda de una respuesta le lleva a reflexionar sobre la izquierda y la derecha, la fragilidad de la democracia, los delirios identitarios, el sectarismo o la mediocridad de los políticos.

Dante tenía razón al reservar uno de los rincones más atroces de su infierno a quienes, en tiempo de crisis moral, procuran mantenerse neutrales. Muñoz Molina siempre se moja. Para muestra, este botón: "Primero se hizo compatible ser de izquierdas y ser nacionalista. Después se hizo obligatorio. A continuación declararse no nacionalista se convirtió en la prueba de que uno era de derechas. Y en el gradual abaratamiento y envilecimiento de las palabras bastó sugerir educadamente alguna objeción al nacionalismo ya hegemónico para que a uno lo llamaran facha o fascista". El escritor ha puesto su empeño, con pasión cívica y altura de miras, en mostrarnos las cosas a la sobria luz de lo real, dejándonos siempre, al fondo, una puerta abierta. Y esta columna no es más que el humilde reconocimiento de un fiel lector y un ciudadano agradecido.

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