Ojo de pez

Noviembre

En estos tiempos los niños piden a Game su lista de deseos y prefieren dulces con envoltura chillona

Noviembre traía el sabor de las primeras mandarinas. La expresión del rostro prematuramente arrugada de todos los que imaginábamos la acidez de las primeras whasintonas (en casa guachintonas) que mi hermana mayor devoraba con deleite y que ahora, a mi medio siglo, también prefiero yo. Habían pasado "los santos" y el aroma a ajonjolí de los pestiños, el envolvente olor de los buñuelos que llegaba desde la cocina para arrancarte como un resorte de la cama. Una pequeña tregua hasta el trasiego que vendría de nuevo con los preparativos de la Navidad. Las manos en la manteca fría de los lebrillos con la que se elaboraban los mantecados, las perrunas; la harina candeal de las magdalenas, de los palillos, el turno en el horno de Juanico, las noches en vela de mujeres y anís dulce, de historias compartidas, que bebía con la misma ansia con la que mi edad impedía degustar el licor, aunque siempre cayera algún traguito final como premio al desvelo. El gluglutear estridente de los pavos que mi abuela en estas fechas sobrealimentaba para que dieran, llegado el momento, un buen peso…

La vida y su rutina que hacían diferentes y alegres los días para los más pequeños. El horizonte se vislumbraba lleno de regalos. Nada era certero y los Reyes, entonces, lo que menos.

Este noviembre extrañamente cálido, donde los días son iguales y la ilusión ni se intuye, en un tiempo en el que los niños piden a Game su lista de deseos y prefieren dulces con envoltura chillona y anuncio en televisión, el timbre quebró el silencio de mi casa y un mensajero llegó, con su efecto proustiano, para devolverme el sabor de la infancia.

Llegaron las naranjas de Quique, perfumaron mis dedos y mi casa, trajeron la sonrisa de mi padre, sus manos gruesas crujiendo los gajos, la certeza de que en plena distopía aún pervive el sabor de lo natural, un momento de alivio entre tanta perturbación.

Del corazón de la huerta valenciana llegó la frescura de las naranjas y llegó también el nuevo Premio Cervantes, olvidado Premio Federico García Lorca, enhorabuena, Paco.

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