En tránsito

Nuevo mundo

A base de 'selfies', creemos que nuestra individualidad está por encima de todas las normas de convivencia

Ahora mismo hay miles de personas que están mandando una petición on line para que Puigdemont no sea entregado a la Justicia española. Esas personas son gente preparada y formada, pero todas están convencidas de que un simple click en una plataforma digital -que ni siquiera saben quién controla- podrá evitar que un juez de la Unión Europea tome una decisión de acuerdo con un código legal de la Unión Europea. De alguna manera, todas estas personas han sufrido esa sutil alteración cognitiva que se ha apoderado de los seres humanos desde que la tecnología digital irrumpió en nuestras vidas. Y desde que la posesión de un móvil nos ha hecho creer los dueños del universo, con la consiguiente hipertrofia del narcisismo que se ha apoderado de nuestra vida -con toda esa panoplia de likes, favs, selfies y solemnes declaraciones de principios en Instagram ("Mirad mi tarta de cumpleaños, envidiosos")-, todos hemos llegado a creer que nuestra pequeña e indestructible individualidad está por encima de las normas de convivencia que nos afectan a todos. Es más, todos hemos dado en pensar que esas normas de convivencia sólo son efectivas en la medida en que nos garanticen la satisfacción de todas las manifestaciones de nuestro narcisismo. De lo contrario, esas normas de convivencia ya no sirven. Son antiguas. Son injustas. Son dictatoriales. Traducidas al caso español, son franquistas.

El procés independentista catalán no es otra cosa que el capricho de convertir un selfie monumental en una nueva realidad administrativa. Y ese capricho no habría sido posible sin esa alteración cognitiva. La creación de un mundo paralelo en el que la ficción que se ajusta a nuestros deseos sustituye a la realidad; la fe ciega en que los actos no tienen consecuencias -o sólo tienen las consecuencias que nos interesan, y no las que nos impone la terca realidad-, o la creencia en que los deseos personales están muy por encima de las normas de convivencia de una comunidad: todas estas cosas no habrían sido posibles sin esa mutación cognitiva que ya nos afecta a todos. La democracia tal como la entendemos es un conjunto de reglas que afectan a todos los ciudadanos por igual, pero esa realidad va a ser muy difícil de aplicar en un mundo gobernado por los gaseosos caprichitos narcisistas. ¿Y ahora qué? Pues en ésas estamos.

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